El cirineo | La dictadura del silencio impostado

Resucitado

En los últimos años asistimos, casi sin darnos cuenta, a una distorsión preocupante del sentido auténtico de la Semana Santa andaluza. En medio del fervor popular y de las emociones que acompañan a nuestros desfiles procesionales, ha surgido, desde hace décadas ya, una moda absurda, alimentada por un grupo reducido pero ruidoso —valga la ironía—, que pretende imponer un silencio forzado incluso ante hermandades de alegría y bullicio. Lo que comenzó como una actitud de falsa solemnidad se ha convertido en una suerte de censura emocional, promovida por quienes, en su desconocimiento o frustración, confunden el respeto con la represión del sentimiento.

Porque sí, es evidente que ante una cofradía de silencio o de corte austero, el alma se recoge y el corazón reza sin pronunciar palabra. Nadie discute que cuando pasa el Cristo de la Buena Muerte, el Remedio de Ánimas o el Vía Crucis, el respeto más absoluto debe reinar en las calles. Pero trasladar esa misma actitud a cofradías como La Paz, La Esperanza, La Estrella, La Merced o El Prendimiento, que nacen del gozo del pueblo y de la exaltación de la fe vivida en comunidad, es una aberración cultural y espiritual.

Nuestra Semana Santa no es un molde único. Es la suma de siglos de devoción, de tradiciones entretejidas con la historia de los barrios, con la voz de los pueblos, con la sensibilidad de una tierra que ha sabido rezar cantando y llorar a compás de cornetas y tambores. Pretender que todas las cofradías desfilen bajo los mismos cánones de silencio es negar la diversidad que da sentido a nuestra religiosidad popular. Es amputar el alma del pueblo andaluz en nombre de una solemnidad mal entendida.

Esa homogeneización del sentimiento —esa pretensión de callar a quien se emociona ante la Virgen o el Cristo de su devoción— nace del complejo de unos pocos, de un grupo que quiere sentirse distinto imponiendo normas a los demás. Creen que su forma de vivir la Semana Santa es superior, cuando en realidad su actitud los aleja de la esencia misma del pueblo andaluz. Y esa esencia no puede prostituirse ni adulterarse por los caprichos de unos autoproclamados guardianes de las buenas formas, un grupo de niñatos engolados, estirados y amargados, que lo único que hacen es enfriar la fe y empobrecer el alma colectiva.

El colmo del disparate lo vivimos hace unas horas cuando esa misma mentalidad llega a mandar callar durante el paso del Resucitado. ¡Del Resucitado! No hay mayor sinsentido. Ante la procesión más luminosa —a pesar de transcurrir, excepcionalmente, bajo el cielo de una noche de otoño— de toda nuestra Semana Santa, cuando el cielo debe romperse en aplausos, los corazones estallar de gozo, las campanas repicar y los niños correr entre los cirios, un pequeño grupo de ignorantes pretendía imponer la «compostura» y el silencio de la procesión de Santo Sepulcro. Pocos ejemplos tan claros de la desconexión con la realidad que sufren algunos y con la esencia de nuestra más profunda idiosincrasia.

La fe, en Andalucía, nunca ha sido muda. Tiene voz, tiene música, tiene vida. Se expresa en el murmullo de los balcones, en la saeta que nace de un pecho emocionado, en el aplauso espontáneo que rompe el aire cuando el paso se mece al compás de una marcha, incluso en la aclamación y el piropo que nace de lo más profundo del alma. Eso no es una falta de respeto: es una forma de oración popular, una manera de decirle a la Virgen y a su Hijo que están vivos en el corazón de su gente. Y quien no comprenda eso, no tiene ni puta idea de lo que somos.

No podemos dejar que la autenticidad se pierda por culpa de quienes pretenden uniformar lo que siempre ha sido diverso. Hay que saber cuándo callar y cuándo gritar de emoción. Guardar silencio ante el Cristo de la Expiración o ante el Nazareno, y dejar que el aplauso estalle ante la Humildad y Paciencia, Jesús de las Penas o el Crucificado de Santiago, cuando la emoción nos desborda. Eso es educación cofrade, eso es entender la liturgia de la calle.

Andalucía tiene una manera única de vivir su Semana Santa, y esa idiosincrasia no puede prostituirse por las modas pasajeras, o no tanto, de unos pocos. Nuestra forma de sentir no necesita justificación, porque nace del alma del pueblo, del mismo corazón que ha sabido elevar plegarias con un viva, con una lágrima, o con un aplauso. Quien no lo entienda, quizá es que nunca ha sentido cómo una marcha, un racheo o una mirada de la Virgen pueden transformar la emoción en fe viva. Y a quien no le guste, que encuentre lo que busca en algún lugar recóndito de cualquier otro rincón del mundo, donde la Semana Santa es diferente, maravillosa y respetable también, pero no andaluza.

Nuestra Semana Santa es plural, libre y profundamente humana. No necesita ser corregida por nadie. A quien no le guste, siempre le quedará refugiarse en su propio silencio. Pero a nosotros, que la amamos con entrañas y memoria, que la vivimos como la heredamos, nadie nos va a robar el derecho a sentirla como Andalucía sabe sentir: con el corazón en la boca y la fe hecha emoción.