El cirineo | La época de la dictadura

En las últimas semanas me he topado por las calles de Córdoba con un cartel que, sin pretenderlo, me devolvió de golpe a mi infancia. No por lo que anunciaba, sino por lo que evocaba. A veces basta una tipografía ingenua o un color chirriante para abrir una puerta a los recuerdos, y allí estaban los míos: un circo que me devolvía a mi niñez, una época en blanco y negro, con sabor a polvo, miedo y resignación. Porque no, no soy de los que idealizan la niñez, porque no todo fue de color de rosa en aquellos tiempos; de hecho, si algo aprendí pronto fue que la inocencia no inmuniza contra la opresión que se multiplicaba a mí alrededor. Y aquellos años olían a tiza, a imposición, a naftalina y a silencio.

Una época gloriosa, —según algunos nostálgicos de salón— pero una época de dictadura, ese prodigio de “orden” impuesto a base de miedo, miseria moral y obediencia. Un régimen sostenido por un totalitario de manual, un personaje tan deslumbrado por su reflejo que acabó creyéndose eterno. Gobernaba con el miedo como doctrina y la ignorancia como método, convencido de que cuanto menos pensara el pueblo, más claro vería él. Un déspota mediocre, que consiguió parecer sabio solo porque tuvo la habilidad de rodearse de gente aún más ignorante que él. Una brillante estrategia, digna de estudio en cualquier manual de supervivencia política. Personas poco formadas que coexistieron con otros que, sumidos en el miedo, jamás tuvieron los arrestos necesarios para ponerle en su sitio.

Aquel hombre, que todavía algunos evocan con una idolatría que roza lo patológico, se dedicó a humillar a quienes consideraba inferiores, que, henchido en su soberbia, eran prácticamente todos. Una época financiada con el esfuerzo de unos pocos y alimentada con empréstitos —valga la analogía—, restituidos metiendo la mano en la caja común con la misma naturalidad con que el tirano se santiguaba, mientras el coro de aduladores entonaba su himno a la obediencia. Nadie se atrevía a hacer lo que tocaba: darle una patada en el trasero y abrirle la puerta de salida, a ver si en otra parte encontraba quien soportara sus delirios de grandeza.

Cartel del Circo

Era una época en la que el miedo se vestía de virtud y la sumisión devocional. Una dictadura de rosario impostado y envuelto en la soberbia y el abrigo de piel falsa, donde el incienso tapaba el hedor de la injusticia. Donde se exigía a otros el esfuerzo que quien mandaba jamás ofrendó. Una época en la todo se decidía en despachos cerrados, entre rezos y apretones de manos, mientras el pueblo —el verdadero— guardaba silencio por miedo, costumbre y resignación.

Afortunadamente, aquella larga noche se terminó, aunque algunos sigan empeñados en alumbrarla con velas de nostalgia. La democracia devolvió la voz al pueblo, aunque todavía haya quien añore la comodidad del amo. Les irrita la libertad, quizá porque les recuerda lo insignificantes que son ahora frente a las migajas que cosechaban cuando el miedo mandaba.

Sigue sorprendiéndome la facilidad con que ciertos cobardes y cómplices han reciclado su biografía, fingiendo que no sabían, que no veían, que no oían. Ellos también sostuvieron al déspota, aunque hoy se disfracen de víctimas de las circunstancias. La dictadura no fue obra de un solo hombre, sino de una legión de obedientes, de sumisos profesionales que descubrieron tarde —si es que lo descubrieron— que el silencio también mata.

Y así fue aquella “gran época”: un pueblo secuestrado por un mediocre con delirios de redentor, un miserable que creyó que gobernar era mandar, humillar y despreciar y que el miedo era lealtad. Pasará a la historia como el peor gobernante que ha pisado esta tierra, aunque algunos sigan empeñados en barnizarlo con incienso y banderas y le sigan entronizado en sus altares.

Porque sí, la dictadura se fue, pero su sombra sigue asomando entre la desmemoria y la cobardía. A veces basta un cartel de circo, de colores chillones y sonrisa impostada, para recordarnos que hubo un tiempo en que todo era espectáculo, salvo la libertad. Una época de dictadura que la transición —que tanto odian algunos— convirtió en democracia y libertad.

Y pobre de esta tierra si algún día volvemos a confundir el orden con la obediencia, el miedo con la estabilidad y el silencio con la paz.