Un acierto indiscutible que eleva el listón
El pregón de Semana Santa pronunciado por Eloy Moreno ha de ser inscrito, sin reservas, en la nómina de las intervenciones memorables, aquellas que no solo cumplen su función evocadora, sino que además trascienden el marco circunstancial para instalarse en la memoria colectiva de una ciudad que vive su religiosidad popular con intensidad singular. Resulta ocioso insistir en el acierto de la elección, pues la Junta de Gobierno de la Agrupación de Cofradías de Córdoba ha demostrado un criterio certero, al designar a un pregonero que ha conjugado experiencia, conocimiento, vivencia íntima y una extraordinaria capacidad de comunicación.
El nivel alcanzado ha sido de tal altura que condiciona inevitablemente el futuro inmediato, elevando las expectativas hasta un punto en el que la elección del próximo pregonero se antoja particularmente compleja, tanto por la exigencia del listón fijado como por la dificultad inherente a igualar una intervención que ha rozado la excelencia. Lo escuchado este domingo no ha sido un pregón más, sino un hito, una pieza oratoria que, por su hondura y su emoción, quedará fijada en el imaginario cofrade durante largo tiempo.
El desacierto de lo inoportuno: reconocimientos fuera de lugar
Sin embargo, incluso en las jornadas más brillantes, se cuelan sombras que enturbian la percepción global del acontecimiento. En este caso, la extemporánea entrega del galardón de cofrade ejemplar a Pedro Soldado ha introducido un elemento de disonancia difícil de justificar. No se trata tanto de una cuestión inédita como de una cuestión de oportunidad, pues aunque existan precedentes, no resulta habitual ni adecuado insertar este tipo de reconocimientos a la conclusión inmediata del pregón.
La ovación dispensada, en consecuencia, se percibió como ajena al pulso emocional del momento, generando entre no pocos asistentes una sensación de desconcierto e incluso de desacuerdo, al considerar que ni el contexto era el apropiado ni el reconocimiento el merecido. Muchas personas, de hecho, abandonaron el Gran Teatro cuando comenzó esta entrega que diluyó la enorme ovación ofrendada al pregonero y el magnífico sabor de boca que había dejado en el público. Se trata, en definitiva, de un gesto que, lejos de sumar, resta coherencia a un acto cuya esencia debería permanecer libre de añadidos innecesarios. En mi opinión, ha sobrado.
El exceso de celo que desvirtúa la experiencia
Con todo, el episodio más perturbador de la jornada no tuvo su origen en la organización directa del pregón, sino en la actuación de una persona encargada de vigilar el uso de dispositivos móviles en el patio de butacas del Gran Teatro. Su actitud, marcada por un celo tan desproporcionado como improcedente, derivó en escenas que rozaron lo esperpéntico, al recorrer los pasillos con una insistencia que evocaba más una persecución que una mera supervisión. En no pocos momentos, su comportamiento recordaba más al de una policía militar que al de una trabajadora de sala, proyectando una imagen de autoridad rígida y descontextualizada que resultó profundamente incómoda.
Conviene recordar, con la claridad que exige el caso, que el pregón de Semana Santa no es un espectáculo convencional, ni una representación escénica sujeta a las mismas reglas que una obra teatral, un concierto o un ballet. Se trata de un acto único, irrepetible, profundamente arraigado en la identidad de los cofrades, que no pertenece al espacio que lo acoge, por más que este lo albergue, sino a la comunidad que lo vive y lo siente.
La norma, por tanto, no puede aplicarse con rigidez mecánica, sino que debe ser necesariamente flexible, atendiendo a la naturaleza singular del acto. Una cosa es un espectáculo al uso y otra, radicalmente distinta, un pregón, donde la vivencia emocional del público forma parte sustancial del acontecimiento. No existe perjuicio alguno en que personas sentadas, muchos de ellos amigos íntimos y familiares del pregonero, desde sus localidades, realicen discretamente una fotografía del pregonero, gesto que en nada altera el desarrollo del acto y que responde a una legítima voluntad de conservar un recuerdo.
Modos inapropiados y una incomodidad innecesaria
Lo verdaderamente reprobable no ha sido solo la aplicación desmedida de la norma, sino las formas empleadas, que en demasiadas ocasiones han rozado lo improcedente y lo innecesariamente intimidatorio. Resulta, cuando menos, ridículo, absurdo y patético que se generen carreras por los pasillos para reprender a asistentes, llamando la atención de quienes, no lo olvidemos, han abonado una entrada para presenciar un pregón, no un espectáculo del Gran Teatro, por el mero hecho de realizar una acción inocua.
El celo exacerbado con el que se ha actuado, lejos de proteger el desarrollo del acto, lo ha enturbiado, provocando una incomodidad muy superior a la que pudiera derivarse de la conducta que se pretendía corregir. La insistencia, unida a unos modos, que a muchos nos han parecido manifiestamente mejorables, ha sido percibida como infame por algunos de los presentes, que se han sentido innecesariamente reprendidos, cuando no directamente humillados.
La paradoja resulta evidente: la experiencia del público se ha visto más afectada por la intervención de quien debía velar por el orden que por la conducta de quienes simplemente deseaban inmortalizar un instante irrepetible. Vamos, que su actitud ha molestado mucho más que un puñado de fotos. Esa desproporción evidencia un error de enfoque que conviene corregir sin dilación.
Una necesaria reflexión para el futuro
Se impone, por tanto, una reflexión serena pero firme por parte de la organización del pregón, cuya responsabilidad incluye no solo la elección del orador, sino también la adecuada gestión del entorno en el que se desarrolla el acto. Resulta imprescindible que se establezca un diálogo claro con el Gran Teatro, a fin de evitar que situaciones como la vivida vuelvan a repetirse.
No se trata de promover el desorden ni de convertir el recinto en un espacio sin normas, sino de adaptar dichas normas a la naturaleza específica del evento, distinguiendo entre conductas perturbadoras y gestos inocuos que forman parte de la experiencia emocional del público.
Porque el pregón de Semana Santa no es propiedad de un recinto ni de una institución concreta, sino una manifestación viva de la religiosidad popular, concebida por y para los cofrades, y como tal debe ser tratado. La rigidez mal entendida, cuando se impone sin sensibilidad, degenera en caricatura, y lo que debería ser custodia del orden se convierte, lamentablemente, en un ejercicio de autoridad tan innecesario como contraproducente.
Cabe esperar que lo sucedido sirva de advertencia, para que en futuras ediciones la excelencia del contenido no se vea empañada por la torpeza de lo accesorio, y para que quienes acudan al Gran Teatro puedan vivir el pregón con la naturalidad, el respeto y la emoción que le son propios y no soportando carreras y continuas interrupciones que han causado muchas más molestias que unas cuantas fotos.





