El Cirineo | La restitución del esplendor: el costalero vuelve a engrandecer el Corpus

La mañana de este Corpus Christi ha marcado un hito en la historia contemporánea de la religiosidad sevillana. Con la solemnidad propia de los grandes días, Sevilla ha restituido a su procesión más insigne un elemento esencial y definitorio de su idiosincrasia: el costalero. La Custodia de Arfe, símbolo sublime de la fe eucarística de la ciudad, ha vuelto a caminar con la dignidad majestuosa que solo confiere el paso mecido por hombros humanos, esos mismos que durante siglos han encarnado, bajo el costal, el testimonio del pueblo fiel.

El retorno de los costaleros, un siglo después, no es un simple cambio de formato: es una decisión profundamente significativa, cargada de sentido histórico, litúrgico y cultural. La presencia vibrante y silenciosa de los hombres del martillo y la trabajadera imprime una belleza insuperable al discurrir procesional, una armonía que ninguna solución técnica —por muy moderna que sea— puede igualar. Porque Sevilla no desfila: Sevilla camina, Sevilla ora andando. Y el Santísimo Sacramento no puede sino marchar con la cadencia sobria y señorial que el alma de la ciudad reclama.

Durante años, la imagen de la gran Custodia rodando con frialdad mecánica por las calles del centro histórico, por culpa de un cardenal ignorante, resultaba, cuanto menos, ajena a nuestra conciencia colectiva. Alegando problemas estructurales y limitaciones técnicas, se había sacrificado la esencia misma de la puesta en escena que enraiza a la perfección con nuestra auténtica idiosincrasia. Hoy, sin embargo, ha quedado demostrado que cuando existe voluntad, es perfectamente factible armonizar tradición y modernidad. Una nueva parihuela, cuidadosamente diseñada, ha permitido lo que siempre fue posible: la recuperación del esplendor perdido, la restitución del ritmo ceremonial legítimo.

Estéticamente, la imagen no admite comparación: el paso del Santísimo, elevado por la fuerza callada de los costaleros, se convierte en una visión majestuosa. La armonía entre la impresionante arquitectura de la custodia y la solemnidad devocional, la suavidad de los movimientos, la correspondencia perfecta entre lo sacro y lo humano, constituyen una manifestación de fe vivida con una intensidad insustituible. Nada, absolutamente nada, en el arrastre de unas ruedas puede ofrecer tal riqueza expresiva.

El mundo del costal sigue siendo, para muchos, un universo denostado, atrapado entre la falta de respeto y la ignorancia, como si lo popular estuviera reñido con lo sagrado. Sin embargo, nada hay más ceremonial, más profundamente litúrgico, que ese rezo encarnado en los cuerpos que se ofrecen como altares vivientes al Misterio. No existe en Andalucía un modo más pleno de acercarse al Dios todopoderoso —al mismísimo Dios— que ese racheo cadencioso, humilde y sublime, donde cada paso es una plegaria y cada zapatilla costalera, una súplica que se eleva con la dignidad de lo eterno.

La jornada ha sido una lección pública de coherencia y fidelidad a lo propio. La ciudad ha mostrado que la defensa del legado no es un ejercicio nostálgico, sino una afirmación consciente de identidad. Sevilla, con su Cabildo Catedral al frente, ha apostado, con valentía y criterio, por recuperar lo que nunca debió perder: la nobleza tradicional de su expresión eucarística. Y lo ha hecho sin retóricas altisonantes, sino con elocuencia serena, con la contundencia callada de los hechos bien realizados.

Que esta determinación sevillana sirva de estímulo para otras ciudades andaluzas que aún arrastran, en sus celebraciones sacramentales, la inercia de lo funcional frente a lo ceremonial. La magnificencia sobria que se ha vivido en las calles del centro histórico hispalense esta mañana no admite contestación razonable: la auténtica grandeza litúrgica se alcanza solo cuando la forma exterior está en sintonía con la sustancia interior. Y en el Corpus, lo exterior y lo interior deben abrazarse con la plenitud que ofrece la tradición hecha cuerpo.

Hoy, Sevilla no ha dado un paso más: ha recuperado un paso eterno. Y con él, ha devuelto al Corpus su integridad estética, su liturgia corporal, su alma compartida. Por obra y gracia del costal, entre silencios y suspiros, ha renacido la Sevilla que cree, que venera, que camina con el Santísimo.