Vivimos en una época paradójica y decadente, en la que se proclama a diario el triunfo de lo colectivo, pero lo que en realidad se impone es una masa informe sometida al pensamiento único. Se invoca la defensa del bien común mientras se censura el legítimo derecho de cada individuo a preservar su identidad, su familia y su herencia moral. En nombre de la solidaridad se condena el instinto natural de proteger lo propio, y en nombre del progreso se celebra la demolición de todo aquello que cimentó nuestra civilización. La retórica del nuevo colectivismo se reviste de virtudes que no tiene y persigue la aniquilación de lo que nos hacía libres y responsables.
Lo que se presenta como una revolución moral no es más que una operación de ingeniería cultural destinada a desarticular la tradición, la memoria y el mérito. Se nos invita a “reconstruir” una sociedad supuestamente enferma, pero el proyecto comienza siempre por destruir a quienes la edificaron. Se difama el pasado con un odio casi religioso, se reescriben las raíces para que nadie recuerde quién fue el primero en sembrar, y se proclama que de las ruinas nacerá la nueva virtud. Pero las ruinas —conviene recordarlo— no engendran civilizaciones, solo fantasmas.
Jamás, desde que existe memoria reciente, hemos conocido una casta dirigente tan ansiosa por acumular poder y visibilidad, tan dispuesta a convertir al adversario en enemigo, tan proclive a sustituir el debate por el linchamiento. No gobiernan para servir, sino para perpetuarse; no lideran, se exhiben. El afán de figurar se ha erigido en el único principio rector de la política y del pensamiento. Y cuando lo importante no es construir, sino brillar, el resultado es inevitable: la descomposición de toda ética pública.
Nada se respeta con tal de ocupar el centro del foco. Si hay que destruir familias, se destruyen. Si hay que arrasar los cimientos que sostuvieron instituciones o proyectos, se arrasan. Si hay que humillar al que un día fue compañero, se le convierte en hereje. Todo se justifica bajo el mantra grotesco del “me lo merezco”, esa fórmula que encubre la soberbia del mediocre y su desprecio por el esfuerzo ajeno. No hay regeneración posible cuando el punto de partida es la envidia, el resentimiento y la revancha. Lo que empieza como ajuste de cuentas termina siempre como campo de ruinas, como una guerra interminable, en la que únicamente reina el llanto y el dolor gratuito.
Quienes hoy ostentan el poder creen, en su miopía, que borrar la historia les otorga legitimidad. Pero el vacío no crea nada; solo devora. La política de tierra quemada no deja espacio para el futuro, porque destruye la confianza, que es el cemento invisible de toda comunidad. Se rompe el vínculo entre generaciones, se desprecian los logros del ayer y se instaura un presente perpetuo, frívolo y desmemoriado, donde todo lo sólido se disuelve en propaganda y todo lo que no es superfluo carece de relevancia.
Y, sin embargo, todavía se sorprenden de que surja el rechazo. No entienden que la traición tiene consecuencias, que los pueblos pueden perdonar errores, pero no el desprecio. Han confundido el aplauso circunstancial con el respaldo moral, la obediencia con la adhesión. Pero cuando llegue el tiempo de la verdad —ese instante en que las luces se apagan y solo queda el trabajo—, los que hoy aplauden los vivas se habrán desvanecido. Y quedarán, desnudos ante su propia ruina, los mismos que creyeron poder reconstruir destruyendo.
Quizá entonces comprendan que no se edifica sobre el rencor, que toda sociedad necesita raíces, y que cortar las propias en nombre de una modernidad impostada, del cambio por el cambio, es un suicidio identitario. El progreso auténtico no nace del odio ni de la purga, sino del respeto y la continuidad. De la capacidad de corregir sin aniquilar, de renovar sin despreciar. Pero para ello haría falta grandeza, y la grandeza, a diferencia del poder, no se impone: se conquista con decencia.
Hasta que alguien recuerde esa verdad elemental, seguiremos viviendo entre ruinas orgullosas de su polvo, celebrando la destrucción como si fuera alumbramiento, provocando el enfrentamiento estéril, a garrotazos, mientras la historia, nuestra propia historia, se nos desangra entre aplausos enfervorizados, vengativos y cómplices.





