La esperada y solemne procesión que acogerá la ciudad de Roma este sábado ha sido envuelta en una marea de informaciones inexactas, profecías y bulos disfrazados de primicias y especulaciones sin sustancia que han contaminado el relato de un acontecimiento sin duda relevante, pero no más trascendente que otros hitos similares que, a lo largo del tiempo, ha generado con admirable constancia la religiosidad popular andaluza, como la presencia de Juan Pablo II en El Rocío, por poner un ejemplo «no estrictamente cofrade».
Entre los disparates más difundidos —y amplificados sin pudor— figura el que atribuía la exclusividad de la gran procesión a dos imágenes concretas: el Cachorro de Triana y la Esperanza de Málaga. Según esta versión, el resto de las cofradías participantes, provenientes de enclaves tan diversos como Francia, Portugal, Italia o la misma ciudad de León —esta última tratada con una condescendencia casi colonial, como si de un enclave exótico se tratara—, formaban parte de una “preprocesión”, un absurdo de manual que fue desmentido con rotundidad incluso por la propia Santa Sede. Pero el desmentido, lejos de aplacar los ánimos, ha sido ignorado por los habituales profetas del bulo, algunos de los cuales repiten sin sonrojo que la Macarena fue la primera dolorosa en recibir la Rosa de Oro, en un ejercicio admirable de autoficción periodística.
No menos llamativo ha sido el caso de la supuesta participación de la banda de cornetas y tambores del Rosario de Cádiz, que algunos medios daban por segura. El razonamiento era de trazo grueso: como la Junta de Andalucía colaboraba en la financiación del evento y como Rosario de Cádiz había sido protagonista de la última campaña institucional del ejecutivo andaluz, era “evidente” que abriría el cortejo. ¿La fuente? la Fontana de Trevi, supongo. La información resultó ser completamente falsa, pero eso no impidió que determinados tertulianos cofrades la defendieran con entusiasmo, alimentando la confusión generalizada.
Y es que, desde el más absoluto respeto a la banda del Rosario, indiscutiblemente una de las más importantes del actual panorama de la música procesional andaluza, no hacía falta ser especialmente avispado para deducir que, si una banda de cornetas y tambores hubiese abierto el cortejo, lo lógico habría sido que fuese la Banda de Cornetas y Tambores del Paso y la Esperanza, otra formación estratosférica que, además, forma parte orgánica de la propia Hermandad de la Esperanza de Málaga, cuya dolorosa se encuentra estos días en Roma. Pero cuando se parte del prejuicio, todo análisis razonable sobra.
A este escenario se suma ahora la actitud de ciertos medios, especializados en las últimas horas en justificar absolutamente todo, como si su papel fuese maquillar las carencias con retórica autocomplaciente. Se han leído o escuchado auténticas lindezas: que la carpa no parece una carpa, que es una alegría que se haya suspendido la misa de clausura del Jubileo —porque, según ellos, así los cofrades podrán asistir a la misa de inicio del pontificado de León XIV, aunque eso implique que ni el Cristo de la Expiración ni la Virgen de la Esperanza de Málaga estén presentes en la Plaza de San Pedro—. Se llega incluso a afirmar que las hermandades del Cachorro y de la Esperanza no le han dado importancia al cambio de ubicación de última hora, pasando ahora a situarse junto a la puerta, sin que sus imágenes hayan podido contar con candelería ni flores, como si semejante merma no afectara a la dignidad del culto que merecen. Lo último ha sido el recorte en tres horas de la veneración de este viernes, que ha sido recibido con estoica satisfacción por parte de la declaración andaluza y con comprensión por parte de la «prensa amiga justificatodo«.
Lo más preocupante no es tanto el error —todos los medios pueden equivocarse—, sino la tozudez en mantener el disparate una vez desenmascarado, la despreocupación por el rigor y la incapacidad de rectificar. Mientras tanto, horas de televisión, minutos de radio y páginas digitales han sido rellenadas con teorías desprovistas de fundamento, y lo que debiera haber sido un ejemplo de comunión universal se ha convertido en una performance o, si se prefiere, en un sarao más, alimentado por la necesidad de espectáculo constante.
No es casualidad que buena parte de esta distorsión proceda de los mismos sectores de la prensa “morada” —como se suele llamar al ámbito mediático que orbita en torno al universo cofrade— que, paradójicamente, desprecian con suficiencia a los medios más modestos, esos que, desde la humildad y el amor a la verdad, tratan de informar sin más pretensión que el servicio a la realidad y al lector.
Es urgente que desde dentro del propio gremio periodístico se denuncien estas prácticas. No se trata de alimentar vendettas ni de encender hogueras públicas, sino de reclamar responsabilidad y rigor. Porque estos episodios erosionan la credibilidad de cabeceras que alguna vez fueron referentes de seriedad y que hoy, por desgracia, parecen más interesadas en alimentar clics que en cultivar la confianza de su audiencia.
Tal vez algún día alguien con capacidad de decisión entienda el daño real que esto supone para el periodismo cofrade y tome las medidas necesarias para evitar que el sensacionalismo y la desinformación se disfracen de actualidad. Hasta entonces, seguiremos asistiendo, entre incrédulos y cansados, al bochornoso espectáculo.





