El cirineo | Rafael Zafra y la pedagogía incómoda de la memoria cofrade

Resulta intelectualmente reconfortante constatar que, en medio de un panorama saturado de opinión inflada y protagonismos huecos, aún subsisten figuras cuya autoridad no necesita ser proclamada. Son hombres cuya palabra pesa porque está sostenida por hechos, decisiones y consecuencias, no por el aplauso fácil ni por la impostura mediática. En una Semana Santa cada vez más propensa a confundir visibilidad con relevancia, esta diferencia no es menor: es estructural.

Conversar con Rafael Zafra León, aunque sea brevemente, equivale a abrir una grieta en el discurso autocomplaciente que domina buena parte del universo cofrade actual. Bastan unos minutos para advertir la distancia sideral entre quien ha contribuido de manera decisiva a construir la Semana Santa contemporánea, que vivieron y protagonizaron la revolución en primera persona, y quienes hoy se limitan a opinar sin haber gestionado, decidido ni arriesgado jamás. Zafra no teoriza: recuerda, compara y concluye.

Su análisis del punto de partida de las cofradías cordobesas en los años sesenta, de la transformación radical de los setenta y ochenta y de la necesidad de comprender el crecimiento desde la inteligencia y no desde el miedo revela un conocimiento profundo del sistema cofrade. Su insistencia en entender el espectáculo como lenguaje —no como frivolidad— explica cómo determinadas corporaciones actuaron como motor de atracción, permitiendo que el interés generado alcanzara incluso a hermandades menos llamativas en origen. Sin locomotora, no hay convoy. Y, al mismo tiempo, denuncia como la ausencia de evolución en ciertas cofradías las han condenado a la decadencia o la práctica irrelevancia contemporánea.

Zafra introduce aquí una observación especialmente incómoda: el éxito cuantitativo ha traído consigo un desequilibrio cualitativo. Hoy los cortejos procesionales adolecen de una escasez evidente de manos arrugadas, de experiencia acumulada y de memoria viva. La nómina de nazarenos se engrosa mayoritariamente con niños y jóvenes, lo que evidencia vitalidad, sí, pero también una ausencia preocupante de madurez intermedia, de referentes estables que cohesionen, transmitan y sostengan. No es un problema de falta de cantera, sino de falta de continuidad generacional real.

Nacido en 1943 en la calle Lineros, en el corazón del barrio de San Pedro, Rafael Zafra León pertenece a una generación formada antes de ser escuchada. Bautizado en la misma pila que Juan de Mesa y con Manuel Rodríguez Sánchez “Manolete” como testigo circunstancial, su biografía se forja entre la educación marista, el trabajo constante y una intensa vida ligada a espacios emblemáticos como la Cafetería La Gloria. Nada hay en su trayectoria que responda al oportunismo.

Su labor en el ámbito cofrade fue un ejemplo de conservación inteligente. Zafra entendió que preservar no es inmovilizar, sino adaptar sin traicionar. La creación de la primera cuadrilla de hermanos costaleros, el retorno a la cera, el uso de flores naturales o la puesta en marcha de nuevas fórmulas de convivencia y visibilidad cofrade no diluyeron la identidad, sino que la rescataron del anquilosamiento. Muchas de las decisiones hoy defendidas como tradición fueron, en su momento, acusadas de sacrilegio.

Desde la Agrupación de Cofradías, como vocal y posteriormente como presidente, ejerció una poda imprescindible: reducción de la parafernalia civil y militar, normalización de las bandas tras los pasos y consolidación de un modelo de hermandad más coherente con su naturaleza. Fue una cirugía conservadora, destinada a eliminar lo accesorio para salvar lo esencial.

Frente a trayectorias como esta proliferan hoy los personajillos, ahora sí en su acepción más peyorativa. Individuos que se autoproclaman gurús, cuya aportación real a la Semana Santa de Córdoba es nula o ridícula, pero que persisten en pontificar desde foros, grupos de mensajería o micrófonos complacientes. Sujetos que se apropian de logros ajenos, que lloran públicamente porque nadie les pidió permiso para pintar una foto, demostrando conocer las leyes y las cofradías con idéntica superficialidad.

Estos “cofraudes” confunden notoriedad con trascendencia y cacareo y creen haber inventado la rueda cuando apenas saben sujetarla. Su legado es inexistente, su influencia irrelevante y su memoria futura prescindible. Frente a ellos, los cofrades de verdad han transformado la Semana Santa sin necesidad de incienso ni pleitesía, con una humildad directamente proporcional a la magnitud de su obra.

La auténtica conservación de la Semana Santa de Córdoba no pasa por blindarla frente al cambio, sino por escuchar a quienes supieron cambiarla para salvarla. Atender a voces como la de Rafael Zafra no es nostalgia: es inteligencia histórica. Ignorarlas, en cambio, es perseverar en una arrogancia ignorante que amenaza con vaciar de contenido aquello que dice defender. Quizá todavía estemos a tiempo de escuchar a quienes realmente merecen ser escuchados.