Hay ocasiones en las que el universo cofrade, que debería regirse por el conocimiento, la experiencia y el respeto a quienes han demostrado su valía, se ve invadido por una ruidosa marea de opiniones huecas, procedentes de quienes, sin tener la más mínima idea de cofradías, pretenden erigirse en árbitros de lo que desconocen. No es crítica constructiva, ni siquiera discrepancia legítima: es, en demasiados casos, la intromisión de la ignorancia revestida de atrevimiento.
El primer nombre que conviene situar en el centro del debate es el de David Arce, un auténtico número uno. Y no es una afirmación gratuita, sino el resultado de años en los que ha venido demostrando una capacidad que resulta, sencillamente, incalculable e inabarcable para la mayoría de los mortales. Sus cuadrillas son el reflejo de ese nivel: calidad inmensa, compromiso absoluto y una forma de andar que habla por sí sola. Sin embargo, lo verdaderamente revelador es que quienes intentan ponerlo en duda no lo hacen por sus cualidades como capataz —intocables—, sino por cuestiones adyacentes, externas, vinculadas a su escasa predisposición a plegarse a los caprichos de quienes, sin ser capaces ni tan siquiera de situar correctamente una presidencia, pretenden dirigir a quienes sí saben. Y ahí reside el verdadero conflicto: no soportar que alguien no se someta a intereses ajenos al oficio.
Pero si existe un caso paradigmático que ilustra con mayor crudeza esta deriva, es el de los dos capataces de la Hermandad de la Estrella: Carlos Lara y Rafael Giraldo. Dos hombres que no solo desempeñan su labor con excelencia, sino que parecen haber nacido para ella, como si el martillo les perteneciera por derecho natural. Y no ocurre absolutamente nada por repetirlo una y otra vez, porque cuando una verdad es inescrutable e indiscutible, lo único que cabe es subrayarla hasta el infinito.
La calidad que imprime Carlos Lara al paso de misterio de Nuestro Padre Jesús de la Redención no admite discusión posible. Es indiscutible, innegable, incontestable. Ha sido capaz de dotar a la cuadrilla del primer paso de la Cofradía de la Huerta de la Reina de una categoría que se percibe en cada chicotá, en cada levantá, en cada revirá. Pero también en cada gesto, en cada palabra dirigida a una cuadrilla que no es otra cosa que un conjunto de auténticos artistas. Lo saben los suyos, lo sabe su entorno, lo saben sus amigos y, sobre todo, lo saben sus enemigos. Y es precisamente por eso por lo que determinados personajes, absolutamente intrascendentes, han intentado apartarlo en más de una ocasión a lo largo de su trayectoria. Y es por eso mismo por lo que hoy algunos, que sueñan con colocar a una marioneta propia en ese lugar, vuelven a intentar apartarlo del lugar que ocupa. No hay más explicación.
Ayer mismo, en mitad de ese clima de éxtasis y satisfacción que envolvía a la cofradía –ajena a la resaca de bajamar que se cuece en las esquinas de las meretrices-, tuve que abrazar a una mujer visiblemente emocionada, rota en lágrimas, que expresaba una tristeza tan profunda como reveladora. Creía —y lo decía con la voz quebrada— que quien estaba recibiendo todos los elogios del mundo podía estar viviendo sus últimas horas al frente de la cuadrilla. Hablaba de injusticia. Y no solo lo decía: lo sentía. Yo no puedo sino suscribirlo sin reservas: sería una injusticia, pero también una cobardía y, sobre todo, la demostración palpable de la imbecilidad de algunos que ya intentaron destruirlo todo hace ocho años y parecen ahora dispuestos a volver a coger las riendas del navío para dirigirlo directamente contra las rocas.
Algo muy similar ocurre con Rafael Giraldo, capataz del paso de palio de la Virgen de la Estrella y, sin ambages, el mejor que puede ocupar ese puesto. Su trabajo ha situado al palio del Lunes Santo como uno de los grandes atractivos de la Semana Santa de Córdoba. Y lo ha hecho desde una versatilidad a prueba de cualquier cuestionamiento, capaz de enamorar con la dulzura de una interpretación y, al mismo tiempo, de estremecer hasta lo más hondo cuando la alegría exacerbada así lo impone. Hay momentos en los que el paso parece flotar, otros en los que conmueve hasta erizar la piel, siempre con una coherencia estética que solo está al alcance de quienes dominan el oficio en su máxima expresión.
No en vano, fue elegido implícitamente por Rafael Muñoz Cruz como heredero del legado de su padre, el gran Rafael Muñoz Serrano, una responsabilidad que trasciende lo meramente simbólico y que se concreta cada Miércoles Santo al frente del paso de palio de la Paz y Esperanza. Un legado que ejerce con maestría indiscutible, sosteniendo una línea de continuidad que honra el pasado y proyecta el futuro. Y, sin embargo, también ahí aparecen los de siempre: algunos incompetentes que, en su obsesión por recuperar un trono que consideran perdido, pretenden igualmente apartarlo. Otro atajo de ignorantes -con el peligro de unos monos con pistolas- que, por su incapacidad manifiesta, no deberían tener jamás la posibilidad de influir en decisión alguna ni de tocar pelo en el futuro.
Llegados a este punto, conviene abandonar cualquier eufemismo. Porque más allá del gusto personal —subjetivo, legítimo e intransferible—, quien sea capaz de poner en duda a estos tres capataces no está ejerciendo una crítica válida, sino evidenciando una profunda incompetencia, una ignorancia manifiesta y una incapacidad alarmante para comprender aquello de lo que habla. Y esa falta de criterio debería ser, por sí sola, motivo suficiente para desautorizar cualquier intento de influencia.
Las hermandades no pueden ni deben quedar en manos de quienes, desde la superficialidad o el interés personal, pretenden manejar a otros como si fueran marionetas con el único objetivo de destruir lo que profesionales de este nivel han sido capaces de construir con años de trabajo, sacrificio y conocimiento. Porque cuando la mediocridad intenta imponerse al talento, no solo se comete una injusticia, sino que se pone en riesgo todo un legado. Porque poner en duda a estos tres capataces es de auténticos subnormales, y conviene tener la subnormalidad profunda lo más lejos posible del gobierno de las hermandades.





