El cirineo | Un paso decidido hacia la autogestión

La aprobación de los nuevos Estatutos de la Agrupación de Cofradías de Córdoba no es un simple ajuste administrativo ni una reforma técnica más. Es, en realidad, un acto de afirmación colectiva, una declaración de principios y una enmienda a una larga etapa marcada por la imposición, la anomalía democrática y el peso de una normativa que nació vieja y se mantuvo artificialmente con respiración asistida durante demasiado tiempo. Las cofradías han decidido, por fin, cargar con su propia cruz y caminar con paso firme hacia la autogestión.

Durante años, la Agrupación funcionó bajo un texto que no solo había quedado desfasado en su contenido, sino que arrastraba un origen profundamente viciado. Aquella normativa fue impuesta por decreto episcopal tras una intervención de carácter claramente caciquil, que liquidó de un plumazo a una junta de gobierno legítima para colocar a un dirigente dócil, convertido en mero ejecutor de voluntades ajenas. Todo ello aprovechando un contexto de debilidad institucional, con hermandades descabezadas y sin capacidad real de reacción, lo que permitió consolidar un modelo que restringía la autonomía y laminaba la participación.

Lo más grave no fue solo el origen, sino la resistencia interesada a su superación. Hubo quienes, durante años, se aferraron a aquel texto como a un salvavidas, no por convicción institucional, sino por comodidad, por control o por puro interés personal. Se antepuso lo particular a lo común, lo propio a lo colectivo, confundiendo estabilidad con inmovilismo y orden con sumisión. Mientras tanto, la realidad cofrade evolucionaba, crecía y se diversificaba, chocando una y otra vez contra un marco normativo incapaz de dar respuesta a los nuevos tiempos.

El proceso que ha desembocado en la aprobación de los nuevos Estatutos supone, precisamente, la ruptura con esa inercia. No ha sido un texto improvisado ni dictado desde un despacho, sino el resultado de un trabajo amplio, representativo y sostenido, en el que han participado hermandades de muy distinta naturaleza. El respaldo mayoritario obtenido en la Asamblea no es solo un dato numérico, sino la expresión de una voluntad compartida: la de dotarse de reglas claras, modernas y funcionales, nacidas desde dentro y pensadas para servir al conjunto.

El nuevo marco estatutario refuerza el papel de la Asamblea, ordena los mecanismos de incorporación de nuevas hermandades, elimina arbitrariedades históricas y establece criterios objetivos allí donde antes reinaban el veto discrecional y la interpretación interesada. En definitiva, devuelve a las cofradías la capacidad de decidir sobre su propio destino, sin tutelas innecesarias ni atajos autoritarios.

No se trata de una victoria frente a nadie, sino de una victoria de todos. De la constatación de que el mundo cofrade cordobés ha alcanzado la madurez suficiente para gobernarse a sí mismo, con responsabilidad y sentido institucional. Es, también, una lección para quienes aún creen que el poder se conserva imponiendo silencios o maquillando decisiones con simulacros de participación.

Porque ahora, cuando se abre una nueva etapa de luz, conviene estar atentos. No faltan quienes, desde otros ámbitos, parecen dispuestos a ensayar nuevas formas de caciquismo, revestidas de procedimientos aparentemente democráticos, con asambleas diseñadas a imagen y semejanza de aquellas Cortes franquistas donde todo estaba decidido antes de levantar la mano. Ojalá esos experimentos no encuentren terreno abonado ni consigan erosionar la autogestión conquistada tras tantos años de esfuerzo.

Las cofradías han asumido el peso de su responsabilidad. Han dado el paso. Ahora les corresponde caminar en libertad, sin volver la vista atrás y sin permitir que nadie les marque el rumbo desde la sombra.