Se acerca la Semana Santa y las iglesias bullen en triduos, quinarios, pregones, viacrucis y rosarios. La vida cuaresmal vuelve a desarrollarse con aquella normalidad que nos dejó hace dos años. En las naves de los templos comienzan a prepararse los pasos procesionales, con lo que todo ello significa. Y, ante la visión majestuosa de la candelería, de los palios, de los faroles y arbóreos, de los respiraderos dorados, de las canastillas talladas y de tantos otros elementos estéticos, viene a mi mente la siguiente pregunta: ¿quién monta todo esto?
En verdad, la pregunta tiende más a la retórica que a la inocente curiosidad, pues sé o intuyo perfectamente quiénes son los artífices de esta labor. En pocas palabras podríamos decir que son los mismos de siempre, que no es poco. Tanto el montaje como el posterior desmontaje de los pasos y de los tronos, así como la disposición de las demás insignias y su distribución, corresponden a un pequeño grupo de hermanos que, durante todo el año, se desviven por su cofradía.
No exagero al especificar que son pocos, pues cualquiera que se mueva dentro del ámbito cofradiero lo sabe. De hecho, se puede decir, a modo de ejemplo ilustrativo, que una hermandad con un número hipotético de mil hermanos solo cuenta con un total del uno por ciento de miembros activos. Es decir, los currantes de la cofradía son en torno a unos diez. El porcentaje puede incrementarse en aquellas corporaciones que poseen una cuadrilla de hermanos costaleros muy ligada a ella. No obstante, el número sigue siendo insuficiente en la mayoría de los casos.
Evidentemente he presentado un caso hipotético y con carácter general, lo cual implica que existen honrosas excepciones. Sin embargo, la excepción en sí misma no invalida la norma o, en relación con este asunto que nos ocupa, no niega la triste tendencia que padece nuestra Semana Santa. Sencillamente podemos afirmar que faltan demasiadas manos.
¿Cuál es la causa del problema? En verdad, cabría citar muchas, tocantes unas a lo social y otras a lo individual. Lo que parece innegable es que esta evidencia reviste ya visos muy oscuros y descorazonadores. Quizás sea necesario advertir lo importante que resulta ahora buscar una solución a esto, antes de que se agrave más aún y sea irremediable. Debemos hallar nuevas fórmulas que conviertan a esos hermanos «ausentes» en cofrades comprometidos con lo suyo. Si no, me temo que en unos años, cuando la generación actual se retire, seremos conscientes de las consecuencias nefastas que esta situación traerá consigo. Por tanto, la responsabilidad está en nuestras manos: ¿nos comprometemos con lo que tanto decimos que amamos o nos conformamos con ver desde la barrera su agostamiento, usando nuestras fuerzas únicamente para sembrar la crítica? La respuesta la tenemos solo nosotros.
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