Si buceamos en la historia de las hermandades no es extraño encontrarnos con enfrentamientos de diversa índole que afectan a estas. Pleitos que enfrentan a las cofradías, a estas con parroquias y conventos, con la feligresía en la que tienen la sede canónica, etc. Llamativo resulta el que mantuvieron la corporación de los Negritos y la de la Antigua y Siete Dolores, en este caso, por la raza negra.
La principal causa del rechazo que causaban los negros era que estos principalmente eran descendientes de esclavos. El hecho de tener una hermandad a la que pertenecer y que defendiera esta raza suponía no ya un vínculo de unión entre ellos sino un lugar donde sentirse acogidos y poder también profesar la fe católica sin miedo a ser rechazados por otros, a pesar de estar bautizados.
Pero el hecho de pertenecer a una cofradía no les libraba de las burlas que recibían por parte de los blancos. La división continuaba existiendo, aumentando cuando la hermandad realizaba su estación de penitencia. En “La Antigua Hermandad de los negros de Sevilla. Etnicidad, poder y sociedad en 600 de historia”, de Isidoro Moreno, relata un conflicto que enfrenta a los Negritos con la hermandad de la Antigua, Siete Dolores y Compasión, una de las más pujantes de la Sevilla de la época –nos referimos a 1604–, teniendo por tanto una influencia mayor sobre el pueblo.
Refiere que “saliendo la Antigua del Salvador el Jueves Santo por la noche, con la cruz verde de las mujeres en la Carpintería, por estar primero que ella la cofradía de los negros, por mano armada y hecho pensado, desde la Alfalfa de esta ciudad vinieron corriendo por la Confitería abajo; con mucho escándalo atravesaron y rompieron por la dicha cofradía de la Antigua, por fuerza y contra su voluntad, tirando piedras y dando de palos a las hermanas de la dicha cofradía de la Antigua y con armas hirieron a hermanos de ella”. Este hecho no pasó desapercibido para las autoridades, quienes manifestaron su intención de esclarecer los hechos, por lo que contaron con testigos de ambas partes para dilucidar el origen del enfrentamiento producido.
Tanto unos como otros expresaron el ambiente crispado que se vivió en la noche de aquel Jueves Santo, donde quedó constancia de una tónica que se repetía cada año: si el rechazo se producía por el mero hecho de ser negro, este aumentaba cada vez que el Cristo de la Fundación recorría las calles de la ciudad. Isidoro Moreno recoge algunas de las acciones que llevaban a cabo en contra de ellos, afirmando que “hacen burla de ellos, peyéndoles y diciéndoles palabras que unas veces los provocan a que se enojen y otras veces provocan risa […] Mucha gente los está aguardando para silbarles y hacerles otras mofas y escarnios, hablarles en guineo y afrentándoles, picándoles con alfileres, de lo cual se enojan y llaman a los blancos judíos, lo cual así mismo hacen las negras que los acompañan”.
Ante tales circunstancias los ordinarios civil y religioso decidieron prohibir las estaciones de penitencia de los negros y mulatos, con la finalidad de que no volvieran a repetirse estos capítulos que ensombrecían las estaciones penitenciales. Con varios detenidos, parecía que la situación acabaría relajándose. Nada más lejos de la realidad, dos años más tarde los hermanos de la hermandad de los Negritos anuncia su salida en la tarde noche del Jueves Santo. Enterados los miembros de la corporación de la Antigua y Siete Dolores, se dirigen al arzobispado para informar de estos hechos.

El informe del fiscal recoge que “son los sobredichos los más rudos e ignorantes de la religión, devoción y reverencia que en hacer tales procesiones se deben tener; hacen y dicen cosas ridículas, de lo cual se sigue el perderles la gente común el respeto, así por esto como por ser los sobredichos gente tan ridícula que su procesión no sirve sino de perturbar y divertir la devoción de los fieles que están en las iglesias y calles por donde pasan”. Este documento ni hizo sino levantar aún más polvareda. Los hermanos de los Negritos interponen una querella contra el provisor del arzobispado que recoge: “la causa y razón porque se prohibió a mi parte el salir con su cofradía y disciplinarse es siniestra y falsa, porque mi parte no da causa ni escándalo, antes bien, van con mucha humildad, devoción y silencio, y a hora acomodada, que es de medianoche abajo, cuando hay poca gente; y en razón de reformar desórdenes de cofradías, muchas salen que causan mucho más escándalo, porque la nuestra no causa ninguno, y tienen necesidad de más reformación y con todo eso no se les prohíbe la salida”. Se consiguió retirar la excomunión a los cofrades, pero no se levantó la prohibición para que pudieran salir.
Subyace no solamente el rechazo por parte de las hermandades a la de los Negros sino también el de gran parte de la población que, siendo causante de estos actos, echaba la culpa al comportamiento de los hermanos de la corporación. Por si fuera poco, la autoridad sentenciaba que no saliera en procesión, por lo que la hermandad perdía apoyos y quedaba sin el respaldo de órganos superiores. O eso pensaban ese estrato de la sociedad que veía inferiores a los negros. Un pensamiento que hizo añicos cuando el Papa Urbano VIII promulgaba la bula “In Supremo Apostolice Dignitatis” el 16 de marzo de 1625, cuando “en el tercer año de su pontificado, fueran confirmadas las Reglas de la cofradía por el más alto poder de la cristiandad”. Isidoro Moreno termina afirmando que la corporación es “desde entonces, la única hermandad sevillana con Reglas aprobadas por el propio Papa. Difícilmente haya otra que con mayor base utilice, como ella, el título de Pontificia”.





