El fin de los grandes pasos

En dos semanas, tendremos a nuestras queridas hermandades y cofradías paseando por nuestras calles, a los niños emocionándose al escuchar los golpes de tambor a lo lejos, a los no tan niños mirando al cielo para comprobar de que se sale, a los músicos afinando sus instrumentos, y a nuestras ciudades repletas de gente después de dos años en blanco. Pero, dos años después, seguimos sin darnos cuenta de un problema que viene desde hace tiempo atrás: la falta de costaleros.

Quizá, en las grandes ciudades, el número de costaleros no sea un problema, incluso en muchos pueblos puede no serlo; pero de cara a esta Semana Santa que nos viene, muchas hermandades se las ven y se las desean para poder salir por ese tema en concreto. Y es que no nos fijamos en una cosa principal: se hacen pasos muy grandes para la proporción de costaleros que puede haber en un pueblo.

Sí, muy grandes he dicho. Pasos de 30, 35 y 40 costaleros, que normalmente, la mayoría son los mismos que sacan a las demás hermandades y que dan para lo que dan, porque somos humanos y el cuerpo se resiente. Entonces, mucha gente dice que los costaleros que se van son los culpables, pero no. Una hermandad no debería abarcar más allá de sus posibilidades, porque en años bajos, pasan este tipo de cosas.

Las opciones son fáciles: sacar el paso a ruedas, salir en andas o no salir. Pero dejemos de culpar solo al costalero y también miremos la gestión interna de la hermandad. Hay para lo que hay, y eso ha de ser el punto de partida.