El legado de la Navidad

Inmersos de lleno dentro del periodo de Navidad, con el invierno recién aterrizado entre nosotros, seguramente, ya hemos experimentado las sensaciones de esta época tan entrañable para todos. Unos sentimientos y unas experiencias de paso del tiempo, de nuevos propósitos y nuevas metas, de alegría, de volver a reunirse con familia, de fraternidad, de solucionar viejas heridas del pasado, de grandes sobremesas después de las suculentas comidas, de sacar los grandes manjares a la mesa, de poder pasar más tiempo con las personas que más queremos, de desearle todo lo mejor a todas las personas con las que nos encontramos y de tomar un poco de más de la cuenta, de aquellas bebidas de celebración.

En cambio, el culmen de estas celebraciones, no es que sean las fiestas de entrada del invierno, y ahora toque vivir todas estas cosas, sino que hemos colocado al niño Jesús en el pesebre, para que este se quedé y lo hemos besado en nuestros lugares de culto ¡Porqué ya ha nacido! Así mismo, dicho acontecimiento, no lo hemos estado viviendo, ni mucho menos, en soledad, aislados y de forma autónoma, sino que hemos estado compartiendo nuestra mesa con las personas que están y con las personas que no están. Si, afirmo bien. También con los que no están. Estoy aludiendo a nuestros fieles difuntos.

Nuestros seres queridos, que ya no se encuentran en nuestra realidad espacio-temporal, la Fe nos permite saber que se encuentran vivos, porque Dios, no es un Dios de muertos sino de Vivos. Ellos nos han dejado el legado de la Navidad, porque antes celebraron estos misterios de Nuestro Señor y de ellos recogemos la tradición viva. No se trata como el dicho popular: el muerto al hoyo, el vivo al bollo, sino que si celebramos intensamente estos días, es porque ellos también en su momento lo celebraron intensamente y nos han dejado en herencia la Navidad. Así que, si en estos días hemos traído a la memoria alguna de estas personas, que ya no se pueden sentar a nuestra mesa de una forma material, debemos de tener en cuenta que la continuación de lo que ellos hacían es lo mejor que podemos hacer.

Del mismo modo, en nuestra mesa, si se han podido sentar otras muchas personas. A estas es a quien debemos de transmitir el legado recibido por quienes no han podido sentarse a la mesa. Es la mejor de las maneras de honrar a nuestros seres queridos que no han podido acudir a la mesa, por ahora. Dentro de todas las personas sentadas, destacan aquellas que están impacientes por recibir los regalos que los Reyes Magos le tienen preparados. Ellas son ahora a quien debemos de enseñarle y transmitirle de una forma intensa esa tradición, legado y herencia que hemos recibido. En un futuro, ellos serán los que continúen, preparen y lleven a cabo las fiestas de la Navidad, y a su vez la transmitan también a todos los que le rodean. Y así, generación tras generación, hasta que Nuestro Señor Jesucristo venga por segunda vez al mundo, y podamos celebrar toda la humanidad junta, el Misterio de la Navidad en el Cielo.