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Evangelium Solis, 💙 Opinión

“El niño iba creciendo y la gracia de Dios estaba con él”

Una semana más llega a Gente de Paz un nuevo Evangelium Solis. En medio de las festividades de la Natividad del Señor, esta fiesta de la Sagrada Familia nos viene a decir que Jesús nació en el seno de una familia, que su inicio en la vida fue como el de cualquiera de nosotros. Es un buen día para dar gracias a Dios por nuestras familias, por nuestros padres, por nuestros hijos…

Formar una familia es una vocación: una llamada y un compromiso. La familia es una Iglesia doméstica, y es importante que en este día reflexionemos y miremos si es nuestra familia presencia de Dios entre los hombres.

Lectura del santo evangelio según san Lucas:

Cuando se cumplieron los días de su purificación, según la ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo varón primogénito será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones».

Había entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo estaba con él. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo.

Y cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo acostumbrado según la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:

«Ahora, Señor, según tu promesa,
puedes dejar a tu siervo irse en paz.
Porque mis ojos han visto a tu Salvador,
a quien has presentado ante todos los pueblos:
luz para alumbrar a las naciones
y gloria de tu pueblo Israel».

Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo y dijo a María, su madre:

«Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción —y a ti misma una espada te traspasará el alma—, para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones».

Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, ya muy avanzada en años. De joven había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones noche y día. Presentándose en aquel momento, alababa también a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén.

Y, cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño, por su parte, iba creciendo y robusteciéndose, lleno de sabiduría; y la gracia de Dios estaba con él.

Palabra del Señor

En el domingo después de Navidad, la Iglesia celebra la fiesta de la Sagrada Familia. Nos invita a pensar en la vida familiar que tuvo Jesús con María y José en Nazaret.

De los treinta largos años vividos por Jesús con sus padres, los evangelios no dicen casi nada. El más elocuente, Lucas, proporciona unos cuantos datos elementales: que José y María siguieron con él las costumbres religiosas de la circuncisión y presentación en el templo, que iban cada año a Jerusalén por la fiesta de pascua y que cuando el niño cumplió doce años, se quedó en el templo sin que lo supieran sus padres. De todo lo que siguió después, apenas dos frases: el niño crecía en edad, sabiduría y gracia ante Dios y los hombres … y vivía sujeto a sus padres”. Aparte de esto sólo sabemos que sus paisanos lo conocían a él y a su padre el carpintero y que había parientes suyos mezclados entre sus discípulos o en la multitud que lo seguía.

A pesar de esta falta de información, queda claro que Jesús, como todo ser humano, tuvo que ser protegido y cuidado por una familia. Necesitó un hogar que lo sostuviera en la existencia, lo librara de los peligros que asechan a todo niño y a todo adolescente, lo adiestrara a valerse por sí mismo y le enseñara a incorporarse eficazmente en la vida de los humanos, de su cultura y de su sociedad. En su hogar de Nazaret, Jesús se nutrió, creció y maduró asimilando los valores de unos padres profundamente religiosos y enraizados en la cultura de su pueblo.

Es válido por tanto reflexionar sobre la familia teniendo como referente la familia de Jesús. La familia es como la tierra: engendra y nutre plantas sanas o raquíticas según la calidad de los nutrientes que posee. Es verdad que la familia no lo es todo, pero no se puede negar que a ella le corresponde una aportación decisiva en la construcción de la personalidad del ser humano.

La familia marca nuestra fisonomía física, psíquica, cultural, social y religiosa. Nos abrimos a la vida y la vamos descubriendo a través de los ojos de nuestros padres y de nuestros hermanos; nos orientamos por lo que oímos y vemos en nuestra familia: por lo que se nos dice y nos relacionamos con los demás conforme a las relaciones que vivimos en nuestro hogar; forjamos nuestra seguridad personal, a partir de la seguridad que la familia nos brindó.

Todo lo que vimos y oímos en los primeros años nos marcó para siempre. Por eso, es innegable que en el tejido de las relaciones familiares se lleva a cabo el proceso de formación de la conciencia, la asimilación de los valores, la capacidad de expresar y suscitar sentimientos y afectos humanos.

No es un lugar común decir que la familia está en crisis; es una realidad preocupante. Muchos piensan que el problema principal de la sociedad actual es la inseguridad, pero es innegable que la primera causante de inseguridad puede ser con frecuencia la propia familia. Además de ir en aumento el número de familias incompletas y de hijos nacidos fuera de matrimonio, las familias bien constituidas padecen un incesante bombardeo de mensajes que minan su unidad y consistencia.

A la casa entran, violando controles y vigilancia, los mensajes directos o subliminales de la internet y de la TV: violencia, pornografía, frivolidad, relativismo moral e increencia. Se añade a esto la inseguridad económica de tantos grupos sociales: el desempleo, que genera desasosiego y obliga a muchos a emigrar, o la sobrecarga de trabajos que hace que los padres pasen la mayor parte del día fuera del hogar.

Por estas y otras causas de orden moral y social, la familia puede ser la primera célula neurótica de la sociedad. La familia es el ámbito en el que es posible vivir las mayores alegrías y también los más duros sufrimientos y tribulaciones. Todos sabemos que hay tanto de lo uno como de lo otro, y que el problema no está en la institución, en cuanto tal, sino en las personas que componen cada familia. Ellas son, en definitiva, las que preparan y abonan la tierra para que la frágil planta que es una persona crezca sana y segura. Cuando un hombre y una mujer se aman de verdad, se da el calor afectivo que propicia el diálogo, el espíritu de superación y, sobre todo, la fe.

El evangelio nos hace contemplar, pues, a la familia que el Hijo de Dios necesitó para su crecimiento y desarrollo humano. José y María contribuyeron eficazmente con la gracia para plasmar y formar en el niño, adolescente, joven y adulto Jesús su inconfundible modo de ser y de actuar, de orar y tratar a los demás. El ejemplo del hogar de Nazaret será siempre un referente para nuestras familias en la tarea diaria de hacer del hogar un ámbito eficaz para la formación de personas verdaderamente creyentes, libres, responsables y seguras.

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