La ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de París tuvo lugar el viernes 24 de julio. En la misma se escenificó una denigrante (por ser suaves) escena contra el Cristianismo, emulando con poco acierto y menos gracia, el lienzo de La Última Cena de Leonardo Da Vinci, con un repertorio de género ‘abacanalado’, que sobrepasaba con creces el patetismo.
Desde ese momento, numerosos cristianos (obispos, arzobispos, sacerdotes, representantes de realidades eclesiales, cofrades, etc.), pasando periodistas, dirigentes políticos del corte del expresidente y candidato a la Casa Blanca, Donald Trump; y hasta el máximo representante del régimen teocrático iraní condenaron lo sucedido.
Es más, desde la propia organización de los Juegos se intentó dar marcha atrás aludiendo a otro cuadro, que no es pedir perdón, pero sí reconocer que has metido ‘la pata hasta el corvejón’ y, entre tanto, el Vaticano, la institución que dirige a los católicos (los agraviados, en este caso) del mundo h guardado silencio hasta este sábado 3 de agosto.
El Papa Francisco, idolatrado por Soros y la masa woke, ha guardado un silencio estudiado del que se pueden extraer todas las consecuencias que se quieran, por más que para todo católico exista el deber de obediencia, al Magisterio, no a su infalibilidad en temas mundanos. Ya saben, eso del libre albedrío que, para el resto de católicos, ha sido libre aunque casi unánime.
Y es que, como ha recogido Aciprensa, el Vaticano, en una breve declaración enviada por correo electrónico a los periodistas en francés, expresó que «se entristeció por ciertas escenas de la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de París y no puede dejar de unirse a las voces que se han elevado en los últimos días para deplorar la ofensa hecha a muchos cristianos y creyentes de otras religiones”. Lo hizo el 3 de agosto, la ceremonia fue el 26 de julio, la pena ha debido demorar la respuesta.





