El problema de lo inmediato y el infantilismo que se hace perenne en forma de un espectáculo permanente

Declaraba el poeta, y cofrade ejemplar, Pablo García Baena que “La Semana Santa no son las cofradías. Es la Pasión de Cristo. Es el Evangelio de San Juan. Es el martirio de un hombre por sus ideales… El día que triunfa con las palmas ya está ahí la muerte”. No se puede decir más con menos frases. En esas palabras que el poeta engarza con elegante filigrana enuncia lo que es el sentido de nuestra celebración en la luna de nisán; ni más ni menos, todo está ahí

La Semana Santa del 2020, será recordada con tristeza, un sentimiento que muchos no podremos despejar en toda nuestra vida, se antoja imposible separar ni lavándonos constantemente las manos la costra, en forma de pena, adherida por las vidas truncadas, los sufrimientos de los dolientes, y el llanto de sus familiares; días además de incertidumbres y miedos en una sociedad secuestrada por lo efímero y lo lúdico a la que le cuesta aceptar el dolor

El problema de lo inmediato y el infantilismo que se hace perenne en forma de un espectáculo permanente es que no hay tiempo para la reflexión y la introspección. Todos nos movemos, no importa hacia dónde, pero nos movemos; un baile desasosegante, ramplón, y sin ápice de clase; no pensamos, sólo hacemos. El mundo cofrade no es ajeno a este entorno, y adolece de los mismos pecados; las últimas décadas en las que tanto se ha avanzado en muchos aspectos también han sufrido de esa esclavitud por el espectáculo, que es muy distinto de lo artístico.

Así se han premiado y loado todas aquellas manifestaciones que han supuesto la celebración de la “fiesta” y el folclore, y, por qué no decirlo, todo acompañado de una obscena mercantilización; la Semana Santa como un gran teatro con personajes y escenas a la mayor gloria del oropel el lujo, y el aplauso fácil; pobre de aquel que no siga los cánones de este “nuevo estilo”. Por consiguiente, hemos perdido por el camino aquellas manifestaciones de la Semana Santa cofrade más calladas, ajenas al ruido ambiente, esas que para algunas estirpes de cofrades no tienen sitio; el decir de una poesía, o la entonación de una saeta. Esas disciplinas también artísticas pero necesitadas de una mirada interior y duradera, como lo es una oración a Nuestro Dios.

Aquello que sólo es vendible es fútil, lo que permanece auténtico es la magia de un poeta que recita y el silencio del hombre que reza.