«Si no estamos en paz con nosotros mismos, no podemos guiar a otros en la búsqueda de la paz»
Confucio (551 AC-478 AC)
Qué me gusta a mí este tiempo, en el que las maderas crujen y empieza el olor a incienso. Qué me gusta ser los pies de esa Fe, que cultiva el pueblo. Qué bonito el costalero, que siente, reza y abraza a ese madero desnudo donde su fuerza desplaza, donde a los lados el lleva a hermanos que le fijan y ayudan incluso a desnudar su alma.
Qué bonito ser la pieza de ese puzle que se engrana, de esa máquina perfecta de sincronización exacta, que entre compas y compas al cielo le rinde cuentas y a sus demonios espanta. Hermano de sus hermanos, comprometido y basta, de los que suman y no restan, de los que respetan y acatan, de los que caminan de frente y con un abrazo ensalzan la pasión del buen amigo de costal y negra faja.
Porque ser costalero es más que llevar el costal, es más que vestirse de una forma especial. Es sentir que estas portando un algo tan especial que el sentimiento te inunda y hasta te hace llorar, es compartir, es vivir, es sentir tos por igual. Es disfrutar con mi marcha en esa calle peculiar, es animar y ser animado, es recogerme en el silencio y en la oración, es sentir una saeta que llega a lo más profundo del corazón.
Ser costalero es unirme a mi hermano en su oración, en su petición, en su plegaria, es hacerle partícipe de la mía, es compartir experiencias que no se pueden describir, es desfallecer y resurgir.
Es llevar bajo el anonimato, el amor a mis tradiciones, a mis raíces y sobre todo a mis titulares.





