El viejo costal | Carne o bacalao

Asistí el pasado domingo a la misa de hermanos de mi cofradía, en el convento del Santo Ángel, y disfruté de una íntima ceremonia, donde con la sencillez a la que nos tiene acostumbrado Fray Francisco de Antequera, guardián del convento, nos acercó, durante su homilía, a un cotidiano dilema, que será de muchas casas cordobesas.

Hablaba nuestro apreciado fraile del cumplimiento de guardar la vigilia durante esta Cuaresma, donde el ayuno, la limosna y la preparación a la Pascua han de ser el eje central de nuestra casa. Y, como siempre, lo hacía con esa voz pausada y cercana, que más que enseñar, parece acompañar el pensamiento de cada uno de los presentes.

El padre comentaba, entre sonrisa y mirada cómplice, que si el bacalao está a precio que está (lo he verificado entre 11 y 22 € el kilo), precio que el mismo sufría como consumidor y que era excesivo, muy distante de la economía de muchos hogares, entonces lo cambiaría por pollo, mucho más económico (también lo he comprobado, en torno a 4 € el kilo, dependiendo de calidades y piezas).

Apuntaba Fray Francisco de Antequera, que todo lo más sería dedicar el dinero ahorrado a limosna, que lo importante es el sacrificio, dejando como tema secundario el cumplimiento de la más estricta vigilia, supliendo la limosna por la misma. Y decía, con ese tono que invita a asentir en silencio, que la virtud no reside en el lujo de lo caro, sino en la sencillez del corazón y en el determinante gesto de compartir.

Y la verdad es que muchas veces, las más de ellas, en la sencillez está la solución y la sabiduría se encierra también en la modestia de las medidas adoptadas. Así marchaba uno para casa, dándole vueltas a estas palabras y a la forma de solucionar varias cosas de un solo golpe: cuidar la economía familiar, cumplir con la tradición y, sobre todo, mantener el espíritu de generosidad que nos recuerda que la Cuaresma no es solo abstenerse de un plato, sino abrir el corazón.

Porque, al final, Fray Francisco de Antequera no nos enseñaba recetas ni fórmulas, sino algo más grande: que la vida y la fe, a veces, caben en un pequeño gesto diario, en un plato humilde y en un corazón dispuesto a dar. Uno sale del convento, mirando al cielo de Córdoba, pensando que la verdadera riqueza no se mide en monedas ni en lujos, sino en la capacidad de comprender lo suficiente, enla alegría de compartir lo poco que tenemos y en el silencio que nos permite escuchar la voz de nuestra conciencia. Y así, mientras la ciudad sigue su ritmo y los campanarios marcan las horas, uno comprende que la Cuaresma no es solo un tiempo de privaciones, sino un tiempo de aprender a valorar lo sencillo, a sentir gratitud por lo cotidiano y a acercarse a Dios en lo que parece más humilde, porque muchas veces en esa humildad está la sabiduría más profunda y la paz y el bien que todos buscamos.