En el primer día del mes de julio, en la ciudad suiza de Écône, un torrelaveguense ha sido excomulgado por segunda vez, aun siendo obispo. Lo ha sido por realizar la ordenación de cuatro nuevos obispos sin disponer de la autorización del sucesor de San Pedro en la tierra.
León XIV no autorizó dicho acto, y el reverendo Alfonso de Galarreta, natural de Torrelavega y Primer Asistente General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX), ha sido excomulgado por esta desobediencia, al igual que los sacerdotes ordenados obispos en dicho acto: Pascal Schreiber, suizo; Michael Goldade, estadounidense; Michel Poinsinet de Sivry y Marc Hanappier, ambos franceses. Todos, excomulgados.
Esta fraternidad de sacerdotes rechaza el matrimonio entre personas del mismo sexo, la ideología de género, la ordenación de mujeres, el aborto y la eutanasia. Exigen una formación religiosa tradicional, que aplican en sus seminarios y en los colegios que gestionan. Son conocidos como lefebvrianos, pues el movimiento lo inició el arzobispo Marcel Lefebvre, francés, totalmente opuesto al Concilio Vaticano II, iniciado por Juan XXIII y clausurado por Pablo VI, cuyas disposiciones consideraba un peligro para la tradición y la doctrina.
El Santo Padre León XIV y el Dicasterio para la Doctrina de la Fe ya habían comunicado que dicha ordenación sería un grave acto de desobediencia, que lo es. Pero desde el 2 de febrero de 2026 estaban advertidos. A pesar de alegar “estado de necesidad”, Roma lo considera un atentando contra la unidad de la Iglesia, por lo que los participantes en este acto cismático han sido condenados a la peor de las penas: excomunión automática (latae sententiae). Quedan anuladas las confesiones y los matrimonios celebrados por sacerdotes de la FSSPX.
Podría parecer que esto afecta a pocos creyentes, pero hasta ese momento este movimiento disponía de 2 obispos, 733 sacerdotes, 264 seminaristas, 195 hermanos laicos, 88 oblatos y 250 hermanas religiosas, abarcando 50 nacionalidades, 77 países, 5 seminarios, 184 prioratos y 789 iglesias donde se celebra la misa tridentina bajo el rito romano. A ello se suman varios miles de simpatizantes.
Creo que estamos asistiendo al cisma más grande de los últimos siglos, nacido del empeño por ser bastión de la Tradición Católica y de la doctrina preconciliar.
No recuerdo la fecha exacta, pero el papa Francisco restringió severamente la misa tradicional tridentina, y posteriormente, de nuevo, la autorizó en ciertos casos. Creo que será esta misa la que termine pagando el cisma, pues quizá vuelva a estar prohibida.
Y también creo que lo tradicional está reñido con la modernidad, pese al daño que esta modernidad ha ocasionado a la Iglesia actual. Si alguien lo duda, que lea los datos de mi artículo La Iglesia partida en dos caminos.
Aunque la guerra parece ser entre tradicionalistas y progresistas, entre la Iglesia sinodal y la que no lo es, la realidad es que llamar a esto “cisma” y decretar de forma inmediata el mayor castigo posible, sin proceso eclesiástico previo, deja un sabor amargo. Yo podría pensar lo mismo de ciertos sinodales, o de quienes he visto proclamar desde los púlpitos alguna herejía sin ser siquiera señalados.
He disfrutado mucho de la misa tradicional, del catecismo de Pío X, de la unidad de una sola lengua, la misma de la Santa Sede, el latín que hace rezar al mundo como un solo cuerpo. Lo más doloroso es que ser fiel a una tradición casi bimilenaria sea causa de disputa. La falta de autorización papal es causa de castigo, sí; pero ¿del máximo castigo existente?
La misericordia de Dios y el amor por mis hermanos me obligan, cuando menos, a pedir diálogo. Máxime cuando desde febrero se sabía que esto podía ocurrir. Obediencia, sí; necesaria obediencia, también. Pero atención y diálogo antes que excomunión y posible cisma.
El Superior General, Davide Pagliarani, alegó estado de necesidad y afirmó que a los ordenados solo se les transfiere el orden episcopal, sin conferirles jurisdicción alguna. Añadió que Roma no responde a sus peticiones de solución.
Ahora la solución pasa por tres puntos necesarios para regresar a los brazos de la Iglesia: Carta manuscrita al Santo Padre; Profesión de fe; Tres años de periodo de prueba, bajo vigilancia.
Quizás la solución habría sido más accesible antes de llegar a este momento en que la Iglesia parece querer mostrar que todos los anteriores al Concilio Vaticano II estaban equivocados. ¿O no será que los equivocados somos los actuales miembros de esta Iglesia nuestra?
El castigo recae sobre clérigos y laicos adheridos a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, que sufren por la falta de atención y el exceso de disciplina.





