Todo cofrade que se precie será un buen conocedor de los tipos de incienso, de sus variedades, e incluso de los diversos componentes que lo forman, así como que cofradía utiliza este u otro tipo, los más aventajados en estas lides incluso saben dónde lo pueden adquirir en pequeños paquetes o muestras del mismo.
Lo que otros ya no conocen es que en su mayor parte está formado por la resina de un árbol de Asia, de la familia de las anacardiáceas, que da por exudación el incienso, siendo muy curioso que el árbol hembra hay que herirlo para que su resina salga al exterior mientras que el árbol macho la expulsa sin necesidad de ningún procedimiento, el resto de componentes son aceites esenciales de origen animal o vegetal, maderas aromáticas e incluso, a veces, especias.
La tradición judía dice que ha de estar formado por once componentes: bálsamo, uña olorosa, gálbano, olíbano, mirra, casia, nardo, azafrán, costo, corteza aromática y canela, siendo posible añadirle sal de Sodoma, ámbar de Jordania, vino de Chipre y una secreta hierba que producía humo, y que solo era conocida por unos pocos y cuyo secreto se transmitía individualmente, para ellos, los judíos, está prohibido en la Torá introducirle miel u omitir alguno de sus componentes.
No recuerdo donde leí: “El sentido más cercano al alma es el olfato”, y en estricto rigor biológico y médico, el olfato, es uno de los más antiguos dentro de la evolución del hombre, y uno de los más cercanos al cerebro, directamente está el bulbo olfatorio apoyado sobre la cavidad de nuestra nariz, más directo imposible, el resto de los sentidos antes de llegar al centro de nuestro cerebro han de pasar necesariamente por el tálamo, por lo tanto el olfato es el más directo de nuestros sentidos podemos decir “es el más cercano”.
Desde tiempos inmemoriales las diversas culturas han afirmado que el incienso los acerca a sus divinidades, haciendo que los fieles se puedan comunicar con sus dioses, durante mucho tiempo hubo quien afirmó que su uso era para difuminar el olor corporal de los participantes en las actividades cultuales, hoy en día todos debemos de tener claro su finalidad, una forma de oración elevada al Altísimo, una forma de acercar el alma a Dios, una forma de que participen todos nuestros sentidos en los actos señalados de nuestra religión desde los tiempos del antiguo testamento.
Humo sagrado, cercano al alma, que difumina nuestras iglesias durante su uso, y nuestros altares itinerantes durante su catequesis anual, que envuelve cada misterio y apaga en parte el brillo plateado de nuestros vibrantes varales en su acompasado caminar, tapando el sufrimiento de nuestras advocaciones. Humo sencillo y simple, que nos recuerda en encuentro del cielo con la tierra, el acercamiento de lo divino con lo mortal, que nos trae la cierta presencia de Dios, en forma de aroma y que oculta lo terrenal, algo intangible, pero al mismo tiempo perceptible.
Humo al fin y al cabo, ese oloroso humo que tanto odian algunos, es humo solamente para aquellos que no saben vivir la grandeza de sentir la certeza de la proximidad de Dios en sus vidas. Para nosotros es certeza de que Dios recibe con agrado nuestros actos y celebraciones, tan distantes opiniones son las que desde siglos separan a creyentes y ateos, para nosotros cercanía a Dios, para otros, sencillamente humo, humo, al fin y al cabo.





