En nuestras hermandades hay figuras que nunca aparecen en los estatutos, pero todos las conocemos, no manejan explosivos ni alteran mecanismos, aunque a veces lo parezca. Su modo de actuar es más sutil, viven en la sombra de una vocalía discreta, desde donde lanzan piedras y esconden las manos con la habilidad del que ha hecho del hueco su oficio; porque el saboteador vive de eso, del hueco, de la grieta, de la debilidad ajena convertida en oportunidad, y lo más inquietante es que, cuando no encuentra la grieta, la provoca.
Todos hemos visto, y algunos incluso lo hemos sufrido, a este tipo de personaje, no sabe de casi nada, no entiende de casi nada, no aporta nada, pero puntualiza siempre, especialmente cuando la puntualización le abre una rendija. Sus frases son conocidas, repetidas, casi rituales en ciertos corrillos: “Hay que cambiar el estilo musical; nuestros titulares salían con otro hace décadas.”, “Esta banda ya no es lo que era; debería volver…”, “Este capataz no vale; se lo están comiendo la cuadrilla.”, “El hermano mayor está perdido; no sabe por dónde tirar.”, etc.
Dime que nunca escuchaste nada de esto.
Detrás de cada frase hay un golpe calculado, no para construir, sino para derribar, su especialidad es hacer creer que el más trabajador es un incompetente, un débil que no está a la altura de la hermandad, y lo más inquietante muchas veces estos individuos llegan arriba.
Cuando en una hermandad ves bajas continuas, dimisiones en la junta, proyectos paralizados y un ambiente turbio, ¡cuidado!, puede que el saboteador haya alcanzado el puesto de hermano mayor, siempre puedes hacer la prueba del algodón, es infalible, si algo sucede y se le pregunta, jamás asume responsabilidad, golpea hacia abajo, siempre hacia cualquiera, normalmente hacia el más débil, y lo culpa.
Este saboteador sin antifaz, afable en apariencia, rodeado de palmeros escogidos por su incapacidad, no vaya a ser que alguno le haga sombra, es un peligro real para quienes intentamos engrandecer nuestras hermandades y nuestra Semana Santa. Se mueve bien en ambientes enrarecidos, donde la palabra se usa como arma y la duda como herramienta, ahí prospera, porque la confusión es su terreno fértil y la desunión su mejor aliada.
El saboteador es experto en confundir desgaste con liderazgo, se presenta como salvador, como el que “ve lo que otros no ven”, como el que “sabe por dónde tirar”, pero su obra es siempre la misma: desgastar, dividir, sembrar sospecha, y después ocupar el hueco que él mismo ha abierto, y cuando lo ocupa, la hermandad deja de ser familia para convertirse en territorio, territorio que él vigila, administra y reparte según sus intereses.
Por eso, cuando escuches de sus labios una de sus semillas, esas frases que todos conocemos, no permitas que germine en ti, analiza lo que ha dicho, guarda silencio, no opines, podrías convertirte en su próxima presa. Mírale a la cara y piensa: a mí no me sabotea nadie, Y respóndele con un simple: “¿Estás seguro de eso que has dicho?”
Le verás dudar, tal vez se dé la vuelta y se marche derrotado sin haber librado ni un solo asalto intelectual, porque eso es precisamente lo que le falta, eso sí: ten por seguro que, desde ese momento, tú serás su siguiente objetivo.
Pero no temas, las hermandades han sobrevivido siglos porque, frente al saboteador, siempre aparece el hermano silencioso, el que trabaja sin ruido, el que sostiene sin pedir aplausos, el que sabe que la grandeza de una cofradía no se mide por los cargos, sino por la fidelidad.
Ese hermano, que no presume, que no derriba, que no busca huecos, es el que mantiene viva la llama. Y mientras exista uno solo de esos, el saboteador nunca tendrá la última palabra.





