Ruido o silencio, ahí está el dilema, el ruido muchas veces es una forma de régimen, una forma de dominación instalada en nuestras vidas y en nuestras modernidades como si fuese una de las peores tiranías, invadiendo nuestra intimidad, erosionando nuestras ideas y principalmente distrayendo nuestra atención que queda desviada del camino y difuminada entre ruidos inservibles.
El ruido hace que no seamos capaces de escuchar nuestra alma, y hay incluso ruidos que no parecen sonar, y me refiero a los ruidos digitales, ese que no se oye y altera nuestras emociones y desvía la correcta moral, lo hemos visto y padecido casi todos, ¿o no han disfrutado de los comentarios, casi siempre negativos, de candidatos en elecciones, o de perdedores en una oculta oposición?
Por el contrario el silencio es territorio de Dios, es territorio de la conciencia e incluso de la memoria, por eso considero que el ruido en muchos casos es un arma arrojadiza, que impide que pensemos con auténtica libertad, que embadurna el ambiente y nos deja sin criterio, nos roba el reposo, e impide que penetremos en asuntos con claridad y hondura. Es el ruido una herramienta de manipulación moderna, y a pesar de que no convence a nadie, es verdad que a todos confunde.
Nuestro conocimiento y fe necesitan del silencio, la tiranía del ruido, además de enfangarlo todo, impide que la sabiduría y el conocimiento nazcan en nuestro interior, por el contrario el silencio en un ambiente ruidoso es rebeldía, es una señal de fuerza espiritual, es una forma de decirle al ruidoso: “no vas a ocupar mi interior y nunca taparás la luz del conocimiento”.
Con este gesto permitimos que nos hable Dios, que nuestra conciencia opere y que nuestra memoria se reordene de forma inmaculada y correcta. Imaginad que cada día dedicásemos cinco minutos al silencio, lejos del estruendo generado por algunos, lejos del ruido físico de motores, pantallas, conversaciones insípidas, dejando que el alma se desocupe de este innecesario huésped que nunca hemos invitado y que nos llena el alma, podríamos alcanzar vaciarnos de este enemigo que solo consigue que nos encontremos vacíos de nosotros mismos.
Evitar el ruido es anular el macabro poder del que lo genera, es impedir que como arma tenga eficacia alguna, es vencer al enemigo, el que solo desea que no nos escuchemos ni nosotros mismos y solo valga su trémulo griterío, para magnificar su estrategia y finalidades.
Para mí, el silencio es un acto de libertad, es algo mucho más importante que un gesto, es como gritar “nunca vas a ocupar mi interior”, el silencio es una limpia ventana que permite el paso de la luz limpia y sin distorsiones, el silencio en este caso se vuelve una forma clara de resistencia, suave pero constante, una resistencia que empieza por apagar la pantalla, por una ligera oración previa, y deja que nuestra alma vuelva a respirar.
Cuando el silencio domina al ruido, el ruido deja de ser un arma y nuestra alma y conocimiento vuelven a respirar.





