El viejo costal | Hermandades, cultos y no revueltos

En plena Cuaresma, esa época maravillosa en la que todos disfrutamos de nuestros ayunos voluntarios, nuestras penitencias escogidas con mimo y nuestras mejores caras de recogimiento, uno intenta prepararse para la Pasión y la Resurrección entre quinarios, vía crucis, novenas, conciertos, pregones, exaltaciones y cualquier otro invento piadoso que se nos ocurra. Y justo entonces aparece un conocido y me suelta: “¿Vas a todos los actos de cada una de tus hermandades?”

Pues claro, hombre, claro… voy a todos. A los que coinciden, a los que se pisan, a los que se celebran tres a la misma hora y a los que requieren bilocación. A todos. Porque, como todo el mundo sabe, uno tiene la agenda de un ministro y la ubicuidad de un arcángel.

La realidad, por supuesto, es que no me da la vida”. Ni a mí ni a nadie. Entre fechas duplicadas, fines de semana con tres cultos simultáneos y algún que otro personaje que, cuando se le responde con la misma chulería que gasta, se ofende como si le hubieras pisado el hábito… pues ya me dirás. Muy evangélico todo.

La avalancha de actos anunciados por redes, correos y palomas mensajeras hace que tengamos que priorizar como si estuviéramos en un triaje espiritual: lo urgente, lo importante y lo que nos pilla cerca del bar.

No puede ser que a la misma hora haya fiestas de regla, conciertos, presentaciones de carteles, pregones, exaltaciones y, por si fuera poco, juntas de gobierno quitando y poniendo cargos como si fueran cromos. Y cuando preguntas qué está pasando, la respuesta es un silencio administrativo digno de Hacienda. O peor: un “búscate tú la explicación”, que para eso somos muy de autoservicio.

Cosas de los tiempos modernos, dicen. Y mientras tanto, todos seguimos distraídos con nuestras pequeñas parcelas de gloria: nuestros cultos, nuestros cargos, nuestros destinos… siempre que no estén preparando la encerrona del siglo, claro. Que si no lo ven ahora, ya lo verán. Porque las leyes tienen esa manía tan antipática de poner a todo el mundo en tabla rasa: todos iguales, todos obedientes y todos calladitos.

Cuando estemos dentro de la boca del lobo, que a nadie se le ocurra gritar “que viene el lobo”, porque será tarde. Muy tarde. Y mientras llega ese momento, sigamos ajustando nuestra agenda a nuestros gustos, sin preocuparnos de que alguien esté construyendo una puerta de entrada sin salida. Total, ¿qué más da si dentro de poco la agenda nos la va a manejar otro? Quizá ya tengamos hasta supervisor asignado, con manual de instrucciones y todo.

Llegarán las leyes, las regulaciones, las determinaciones de otros —que no serán las nuestras— y algunas celebraciones desaparecerán, otras serán obligatorias, y ya saben: las cosas de Palacio van y vienen… y no, no son lentas. Son lentejas.

Seguiremos embobados, sin vista larga ni paso corto, y cuando ya no haya remedio, llorar no servirá de nada. Será peor aún: porque no habrá vuelta atrás y serán otros los que decidan por nosotros. Y entonces sí que nos acordaremos de que, mientras tanto, estábamos muy ocupados eligiendo qué pregón escuchar y qué cartel aplaudir.