El viejo costal | Levedad del ser

La tarde-noche del domingo, las noticias me golpeaban como solo sabe golpear la vida, o mejor dicho, como solo sabe golpearnos la muerte. La muerte de cuarenta y una personas que, en un instante, fueron llamadas a la presencia del Padre, de la peor forma posible: de golpe, sin aviso.

Ya no sé si es mala la vida o si es mala la muerte. Lo único que entiendo es que somos seres efímeros, que en cualquier momento nos reclaman sin concedernos tiempo para el arrepentimiento, sin margen para encomendarnos a nadie.

El tiempo es oro, y el oro debemos gastarlo con prudencia. La vida es nuestro oro y debemos cuidarla, pero siguen aumentando las cifras, sigue perdiendo la vida y sigue ganando la muerte. ¡Maldita muerte!, que arrancas de nuestro entorno a quienes más valen y nos dejas aquí, abandonados, en el montón de los malos, de los que seguimos respirando.

Solo soy consciente de la levedad del ser cuando la muerte me arrebata a seres queridos, amados, apreciados. Y este domingo, he de reconocerlo, la muerte vence. ¡Maldita Canina!, que has segado en Adamuz cuarenta y una almas.

Quizá los responsables puedan dormir tranquilos. Quizá la siega de la muerte no les quite el sueño. Quizá no tengan alma suficiente para decidir y evitar que esto vuelva a repetirse. Quizá por eso se parecen tanto a la Canina: porque también son muerte.

Ahora juegan a la foto, a salir en los medios con gesto serio y preocupado. Pero la verdadera pregunta es otra: ¿Qué has hecho?, ¿Qué vas a hacer para evitarlo? ¿Salir en las fotos? ¿Usar la tragedia como arma arrojadiza contra el adversario político? ¿Rentabilizar las muertes para arañar votos en las próximas elecciones? Vergonzoso todo. Aún crecerá la cifra de fallecidos, aún se harán más fotos, aún se retorcerá la realidad hasta que el resultado sea políticamente aceptable.

Yo sí sé lo que he de hacer, y puedo asegurar que lo haré sin remordimiento: quien engaña no es digno ni de atención ni de reconocimiento; será dueño de mi olvido.

Lamento profundamente el sufrimiento de tantas familias. Lo lamento de verdad. He visto durante toda mi vida que en los trenes viajan sueños, promesas, reencuentros, negocios, triunfos y derrotas; besos duros de despedida y esperanzas de regreso. Todo eso se ha quedado detenido en Adamuz.

Las prisas del tiempo moderno nos empujan a viajar cada vez más rápido, quizá demasiado fuerte. Ya lo saben: el tiempo es oro, el tiempo es vida. Y la vida nos hace seres leves, efímeros.

¿Qué nos hará ser la muerte?