El viejo costal | Mi corazón, traicionero…

Ya se ha hablado del Vía Crucis Magno desde todos los ángulos posibles, de cada una de sus diversas facetas —unas grandes, otras no tanto—, de sus grandes aciertos y de sus grandes errores, que de todo hay. Aún faltan los retornos, de los que quedaron en la Mezquita-Catedral; aún faltan más salidas para que sigamos manifestando en las calles nuestra fe, nuestra catequesis… yo creo que errada, bajo este formato, desde mi modesta opinión.

Pero esa parte, la de detallar aciertos y errores, la dejo para aquellos compañeros que saben hacerlo mucho mejor que yo. Yo solo quería hablar de apenas unos minutos que llenaron mi desconsolado corazón ante este magno espectáculo.

Fueron los minutos en que la Paz y Esperanza, Coronada, abordaba su paso por el lateral de la Plaza de las Tendillas, ante y durante el giro a la calle Gondomar. A pesar de estar la plaza abarrotada de gente, yo la vi cuando nadie miraba, como si estuviese sin público. Llegué hasta a oír el crujir de las viejas trabajaderas, llegué a oír el chorrear de la cera. Allí reinaba un silencio similar al de la mirada de un padre, esos ojos que hablan más que una larga conversación. Y allí yo caí rendido, con las piernas cansadas pero el alma despierta, para decirle al mundo que Ella es nuestra. Que no hay primavera sin su mirada, ni domingo sin su rezo, ni Córdoba sin su nombre. Ahí empezó la magia, este prodigio, no en la madera ni en el bordado, sino grabado en el corazón de su gente.

Ahí, en ese momento, Ella abandona el oro y la plata, y se hace de la calle: de pan y calle, de fe y de lágrimas, de madre que te abraza el alma cuando todo tiembla, y de mirada que, sin decir palabra, te lo dice todo. Dejadme que os diga algo que no puede faltar… porque su nombre completo no es solo Paz. También es Esperanza. Y eso lo cambia todo.

En esta calle la gente le tejió un palio con suspiros, le bordó un manto con anhelos, y le dio un nombre que no es cualquiera: Paz y Esperanza. La Paz de Córdoba. La Paz de los que luchan y tienen la Esperanza de poder sonreír cada día.

Porque cuando uno pierde la fe… Ella te la devuelve. Cuando se apagan las ganas, Ella prende luz con su mirada. Esperanza es cuando no hay diagnóstico que consuele. Esperanza es cuando el trabajo no llega, cuando se hielan los abrazos, cuando la pena se hace costumbre. Ahí está Ella, no con palabras, sino con presencia. Porque su Esperanza no promete milagros… promete estar. Estar en el dolor sin explicación. Estar en el luto sin consuelo. Estar cuando todo se rompe. En Córdoba, cuando las cosas se tuercen… hay un lugar al que uno siempre vuelve: a su mirada, donde Paz y Esperanza se dan la mano como madre e hija de cada lágrima. A uno le entran ganas de arrodillarse. No para pedir, sino para aguantar. Para no rendirse. Porque Ella no solo alivia: Ella sostiene.

Y Ella, ¡ay Ella!, se abría paso entre la gente como si flotara, como si el aire le hiciera calle y las rosas se apartarán para no robarle el protagonismo. Los tambores no golpean: respetan. Y la corneta no suena: suplica. Porque cerca de la Virgen de la Paz, las voces se apagan y hasta el alma se pone de puntillas para verla mejor.

Y yo la he visto… he visto cómo en la entrada de Gondomar la gente queda dividida en dos: los de antes y los de después de Ella. He sentido cómo la ciudad se detiene, cómo los más viejos cierran los ojos para volver a ver a su madre, y cómo los jóvenes descubren —quizás por primera vez— lo que significa la palabra “devoción”.

Porque no es Ella quien sale… es Córdoba quien se ofrece. Es el alma entera de una ciudad vieja la que se hace paso, palio, costal y cera. Y en medio de todo eso, una Reina de blanco inmaculado que no necesita cetro ni corona, porque lleva el poder en su mirada y el reino entero en su manto. Y hay un momento… un instante que no está en los programas ni en los itinerarios, en que todo se calla. Ni campanas, ni voces, ni flashes. Solo un suspiro colectivo y el leve crujir del paso que avanza como rezo andante. Ese instante es milagro. Porque la calle se convierte en templo, la calle en nave sagrada, y su palio… ¡ay, su palio! en dosel del cielo cubierto de amor.

Huele a nardo y a incienso gastado, a promesa cumplida, a la colonia de la abuela que la mira desde su balcón con los ojos brillando como si aún fuese niña. Las velas no solo iluminan: acarician. Acarician los rostros de quienes no están, pero vuelven en cada salida a ver pasar a la Paz, quizás por donde siempre. Y sus costaleros, esos que bajo Ella no andan: rezan con los pies. Y en cada chicotá, le van dejando la vida, los recuerdos, las heridas… y Ella lo recoge todo sin decir nada. Solo con mirarte desde lo alto, como solo miran las madres cuando uno vuelve al redil.

Va girando poco a poco y parece darme de lado, ya no me mira. Queda todo en su Paz, hermanos… y su Paz en el alma de cada uno. Porque Ella no deja, Ella no olvida, Ella no suelta. Y ahí es donde este viejo costalero, que ya no puede andar bajo su paso, la lleva por dentro, como reliquia viva que da sentido a los días difíciles. El testimonio de que la Paz de Córdoba no es solo una imagen: es un refugio.

Porque contar esta vivencia de un giro de la Virgen de la Paz no es tarea: es destino. No es encargo: es privilegio. Y yo, humilde hijo de esta tierra perfumada de jazmín y fe, solo puedo darle las gracias por dejarme levantar la voz en su nombre. Gracias, Madre, por enseñarnos que la Paz no se busca fuera, sino dentro. Gracias por vestir de blanco nuestras luchas y por convertir nuestros silencios en plegarias que suben al cielo.

Y a ti, Córdoba… te pido una cosa: cuando la veas pasar otra vez, no mires con los ojos. Mira con el alma. Y dile bajito, como lo dicen los que aman de verdad: “Quédate conmigo, Señora”. Y Ella… se quedará.

¡Qué ganas de gritarte!: ¡Viva la Virgen de la Paz y la Esperanza! ¡Viva el barrio y su gente buena! ¡Viva Córdoba que no se rinde! ¡Viva el costalero que, aun sin fuerza, se mete por Ella! ¡Y vivan los que, sin verla… aún la sienten! ¡Porque mientras haya fe… ¡Ella estará aquí con nosotros!

Y yo… yo seguiré rezándote bajito, Señora… para que nunca me falte tu Paz… ni me abandone tu Esperanza.

¡Vaya pedazo de giro! ¡Vaya pedazo de Reina!