Hará ya en torno a treinta años cuando vi por primera vez a un capataz que me llenó por su forma de mandar y dirigirse a su gente de abajo. Por aquellos tiempos, en los que ya llevábamos algún año bajo las trabajaderas, los cantos de sirena desde Sevilla se escuchaban.
Por aquel entonces, las agrupaciones musicales destacaban sobre manera al estilo antiguo de la Guardia Civil, y sobre manera Santa María Magdalena de El Arahal y la de los Gitanos.
Las cintas de música empezaron ya a escucharse años atrás, y en un abrir y cerrar de ojos llegaron las cintas de video. Las colecciones de Sevilla caían como los ensayos de costaleros había por aquellas latitudes. Ensayos de costaleros por doquier y desde antes de las Navidades ¡qué tiempos aquellos!
En las tabernas cofrades, nos agolpábamos para ver cada semana la nueva cinta de video que salía. Pero recuerdo de manera muy especial, los mediodías con mi amigo joven por aquel entonces y hoy gran costalero y capataz, Horacio.
Veíamos esas cintas de video y nuestros ojos brillaban al contemplar aquellas hermandades y pasos por los distintos puntos del entresijo de calles sevillanas.
Pero recuerdo de manera muy especial la entrada de una hermandad que a los dos nos atraía más que las demás. No era otra que la de los Gitanos de Sevilla. Las voces de esos capataces, nos adentraban al interior de sus trabajaderas y nos envolvían como cuan costalero.
Siendo muy especial, la del capataz del moreno nazareno, de elegante andar y dulzura, de embriagaba aún más si cabe la de ese palio de las Angustias con esas marchas y la voz de ese capataz, D. Alberto Gallardo.
La manera de dar órdenes pero en especial de dedicarle esa poesía a su Señora de San Román, por aquel entonces, y la manera de animar a su gente de abajo, nos hizo estar siempre pendientes de ese capataz, no grande de cuerpo, pero inmenso de corazón y un orante magnífico de expresar los sentimientos que no eran más que versos a Ella y su cuadrilla.
Siempre que pude ir a la Madrugá sevillana, veía lo que por aquel entonces se podía, pero siempre para el final dejaba la delicatesen. Ver a esa hermandad al son de sus bandas, con el caminar de sus nazarenos lentos pero sin pausa al estilo del caminar de su Señor moreno con su cruz a cuestas, con los cantos de su muchedumbre cantándole a su paso siempre me marcó… Por la Alfalfa, o la Encarnación…
Y después llegaba Ella, como esa estrella que brillaba en la noche y se volvía en luz cuando la mañana crecía. Todo esto amenizado con un musical celestial de marchas procesionales de fondo y con esa melodía, la voz de un capataz que se ha vuelto eterno, que recitaba estrofas, odas, rimas como si fuese un poeta al más estilo de Gustavo Adolfo Bécquer… Ese capataz era D. Alberto Gallardo, hasta siempre capataz, y aquellos jóvenes, hoy ya más canosos, seguirán viéndote tanto en aquellas cintas de video como en aquellas madrugas sevillanas…
Pasaron otros capataces por Ella, pasarán otros, pero ninguno será como D. Alberto Gallardo y el legado que nos dejó para disfrutar de él.
Sean felices y extrapólenlo, no se lo guarden para ustedes, hoy festividad de Santa Elena, disfruten los que se encuentran de vacaciones y los que estamos esperando cada día queda menos para que lleguen.





