Hay una línea temporal entre las dos grandes celebraciones de la primavera en la que apenas transcurren las horas. Uno está guardando el ruan en los altillos y sacando el traje para la noche del pescaíto. Y ojo, que fiestas aquí hay un sinfín, pero, no nos engañemos, porque el Corpus, que es la más importante de la ciudad, porque el mismo Dios recorre las calles, hace décadas que pasó a ser una pasarela rancia de la cara de una ciudad que no interesa. Y eso es un gozo, porque la mañana del Corpus es de una grandeza inconmensurable. Y el hecho de que no asista numeroso público es un regalo para quienes nos acercamos al centro de la ciudad en uno de los jueves que más relucen.
Pero vayamos primero a la feria, un espacio donde también tienen cabida las cofradías. Es curioso ver cómo en el centro de la ciudad, por el Arenal, nos enseñan que la tortura de un animal es cultura. Y por Ponce de León nos recuerdan la importancia de asistir a los cultos pero, ¡oh! Es feria y el templo cierra. ¿No es esto una señal de la sociedad desacralizada que va en decadencia?
La feria y la Semana Santa no guardan relación entre sí, aunque sus paralelismos son más que evidentes. Cofidis hace el agosto en una semana de abril que vendrá cargada de altas temperaturas. Más de un millón de litros de cerveza se beberán cerca de Los Remedios. A tantos no llegamos en Semana Santa, aunque la ley seca imperante en la Madrugada nos hará ver, en un futuro no muy lejano, que pagamos justos por pecadores y que se nos iba la pinza de tal modo que tuvieron que frenar el consumo de bebidas.
En el centro, como si en otras zonas no se bebiera. ¿Recordamos el botellón a las puertas de la capilla de Los Panaderos? O los bares abiertos del Arenal cuando pasa Las Aguas, donde algunos ya están más que perjudicados. O en La Calzada, con un Martes Santo donde ya es costumbre ver los cubatas hasta los topes mientras pasa San Benito. Aquellos que no bebieron lo suficiente en Semana Santa lo harán en la feria. Es lo que tiene que uno se haya quedado con ganas de más, que luego puede repetir días más tarde.
La Semana Santa no solo estará presente en la feria mediante las casetas de las hermandades que, como en otros sitios, acogerá a tiesos, a los que se llevan el táper con las sobras de casa, y a los que añaden aquello de “apúntamelo” y cuando le dan al final el ticket con las consumiciones no saben dónde meterse. Los temas sobre cofradías no acabarán sorprendiéndonos: El Cachorro en Roma, las jornadas rotas por la lluvia, las explicaciones del hermano mayor de la Sagrada Cena justificando la tardía entrada de la cofradía en la mañana del Martes Santo -pocos se creen tales explicaciones- o la famosa petalá al guardia de seguridad de la Esperanza de Triana en la pasada Madrugada.
No nos extrañemos, los asuntos serán los mismos. Como el cartel de Salustiano. Es tal ya el hartazgo que soportamos sobre ciertas conversaciones que agradecemos que la feria nos dé otros cambios de aire. Sobre las cofradías secuestradas por familias, restauraciones penosas y la escasa formación de algunas juntas de gobierno, hablamos en otro momento. Y eso que más daño hacen que los borrachos, los empujones y los minutos de retraso en Campana.





