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El Capirote, Opinión, Sevilla

Fin de ciclo

El Rocío del Salvador, entre villancicos y la alegría propia de la Navidad, recorrió unas calles plagadas de público que acompañaba con cantes y palmas una procesión que es la antesala del día de Nochebuena. Hoy, Navidad, ya tenemos la mirada puesta en la basílica del Gran Poder, donde el Hijo de Dios espera con la túnica persa los actos que darán comienzo dentro de escasos días, inaugurando la época que más espera el cofrade.

Las mismas calles por las que transitó la Virgen del Rocío, acompañada de panderetas y cánticos, serán pasarela para los nazarenos del Silencio, cruz, espada y cirio de la Semana Santa. Los adoquines del centro se cubrirán de cera, conformando la efímera piel de la ciudad bajo la luna de parasceve. Y volveremos a ser aquel niño que, cogido de la mano de su abuelo, se acercaba al centro la mañana del Domingo de Ramos para ver, entre palmas y campanitas, a Jesús llegando al centro de la ciudad donde más tarde será presentado ante el pueblo, después sentenciado y finalmente crucificado, expirando a su paso por el puente de Triana, sobre las mismas aguas donde fue sumergida la cruz que porta el Nazareno de la O, para que no sufriera los infortunio de la guerra civil, la misma que se llevó tras de sí el llanto de las Angustias y a su Hijo, o a quienes habían sido paño de lágrimas en el lejano barrio de San Bernardo.

Cuando la Virgen del Rocío del Salvador entraba en su templo, se inauguraba el tránsito gozoso que nos llevará hasta la plaza de San Lorenzo. Allí el Niño se hizo Hombre, y portó los pecados del mundo sobre su hombro, ayudado en San Vicente por las estrellas que hacen más etérea la cruz que lo elevará en Los Terceros. Cuándo volverá a ser en Santa Catalina, y los acordes dejarán de ser imposibles.

Y cuando nos demos cuenta, estaremos perdidos en la mirada de la Virgen de la Victoria, tras haber transitado por el silencio blanco de la Amargura y caído ante la mirada de la Estrella, imposible de descifrar. La Anunciación será Valle de lágrimas y más tarde los callejones serán la Esperanza donde se concentren las miradas de quienes están, y los que se fueron.

Agonía y tormento en un sábado donde la ciudad vive el duelo de Cristo, prendida en el pañuelo que la Soledad porta en la mano, y que se eriza con el frío de la madrugada. Pero volverá a amanecer, a ser Domingo de Resurrección, y la Aurora de una nueva vida vendrá anunciándose desde Santa Marina.

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