Generaciones perdidas

Este es uno de esos artículos que, siendo sinceros, no son agradables de escribir. Más allá de la belleza que encierra la Semana Santa y ver los pasos en la calle, hay comportamientos, actitudes y tendencias que, tristemente, destacan de la belleza de los días de la Pasión. Especialmente cuando este tipo de comportamientos se extienden como una enfermedad que ensombrece a a las Hermandades y todo lo que las rodea. Alguna vez he hablado de que muchos jóvenes cofrades que rondan entre los veinte y los treinta prestan demasiada atención a aspectos de la Semana Santa que resultan secundarios, ignorando la verdadera esencia de lo que implica poner una Cofradía en la calle, realizar estación de penitencia y dar testimonio público de fe. Bandas, bordados, plateados, costales y corbatas a los que se les prestaba una atención excesiva. Sin embargo, y como suele ocurrir en muchos ámbitos que rodean a la Semana Santa, siempre se puede ir a peor. Y la generación que viene inmediatamente detrás, créanme, es peor.

Hablamos de camadas de jóvenes -con honrosas excepciones, faltaría más- que se autoproclaman cofrades -solo en cuaresma, por cierto- pero que, en realidad, son verdaderos camaleones que mutan la piel a lo largo de los 365 días del año con fines poco éticos, como el lucimiento personal. Verdaderos maestros del disfraz capaces de vestir el hábito nazareno -sin tener ni puñetera idea de su significado- o enfajarse para cargar un paso o, lo que es más habitual, de emperifollarse al extremo para salir a ver pasos a la calle, para luego empalmar e irse al primer antro a «cocerse» hasta estar en su punto. Les da igual que sea la Feria, la Navidad, el Corpus, el Carnaval, el Rocío, la Semana Santa, las Cruces de mayo o un fin de semana cualquiera, los objetivos son siempre, por orden de preferencia: lucirse, emborracharse y, por qué no, ligar con lo primero que pase por delante.

Esta afirmación que, a priori, puede resultar tan dura, no es más que el producto de lo que uno puede observar directamente. Intuyo que en otras ciudades puede suceder igual, puesto que es un fenómeno que refleja la sociedad en la que vivimos, que poco difiere de un lugar a otro de nuestra tierra. La generación «Ni-Ni», que hace no tanto era un concepto muy de moda que se aplicabaa a los jóvenes que ni trabajaban ni estudiaban, hoy en día se puede aplicar de otra forma: ni se respetan a sí mismos, ni a los demás. Es mucha la juventud que deambula por las calles en Semana Santa pavoneándose y luciéndose de aquí para allá, siendo más aficionados o fans que devotos. El móvil para reflejar todo su disfrute mediante selfies, la gomina y los últimos modelitos para lucir tipo lo más posible son los pilares básicos de la indumentaria de estos especímenes, para los que lo de menos es entablar diálogo con la divinidad representada por las imágenes sagradas. De hecho, apostaría porque incluso ignoran que existe esa posibilidad. Más pendientes del móvil para hacerse la foto de rigor con los nazarenos y/o pasos detrás, o hacer vídeos que luego nadie ve y, especialmente, del cotilleo adolescente de turno, están en la calle viendo pasar a un paso como podían estar en cualquier parque de animada charla y de risas, o en una caseta de feria o en el Rocío bebiendo entre sevillana y sevillana, o en cualquier discoteca celebrando el Año nuevo, o en Carnaval, cuando la poca vergüenza que puede quedarles se esfuma tras el disfraz. Les da igual el escenario, su comportamiento, actitud y objetivos son los mismos sea la ocasión que sea. Ojo, que cada uno es libre de divertirse en la forma en la que se considere oportuno, incluso llegando al coma etílico. Pero lo que choca es que se utilice una festividad religiosa tan solemne como la Semana Santa para estos fines.

Porque, por si queda alguna duda, la Semana Santa no es una festividad social más en la que buscar divertimento. Rotundamente no, por mucho que algunos se empeñen en dejar lo religioso en un plano terciario o, directamente, suprimirlo, la Semana Santa no tiene ningún sentido si se despoja de su ámbito espiritual y de la catequesis plástica ofrecida y ornamentada con todos los aspectos estéticos que se les quiera añadir que, dicho sea de paso, son un elemento cultural valiosísimo de cada ciudad. La religiosidad popular es, primero, religiosidad, y después, popular. Conviene recordarlo aunque suene a perogrullo. Todo este sinsentido de los más imberbes es consecuencia indudable de la dejadez que las Hermandades han demostrado en el ámbito de la formación de la juventud. No son pocos -tampoco todos los que debieran ser- los jóvenes que se acercan al seno de una Hermandad, pero está a las claras que son pocas las corporaciones que están a la altura en materia de formación sea por el motivo que sea. Bien la persona encargada de ello no está capacitada, bien no se sabe qué se le debe enseñar a un chaval o chavala que se acerca a la Cofradía, o quizá es que no se sepa enganchar con ellos ni atraer su atención lo suficiente sin descuidar la formación de calidad. A pesar de que uno quiere conservar la esperanza en la humanidad, sinceramente y aunque me duela mucho decirlo, considero que hay varias generaciones que están perdidas y que difícilmente son recuperables. ¿Qué se le puede explicar a una chica o un chico para el que la Semana Santa no es más que una oportunidad más de las del año de beber y divertirse? ¿Y a otro u otra que se pone un hábito nazareno para hacerse fotos selfies o incluso besarse con el amigo o la amiga de turno? ¿Y a los payasos que se disfrazan de costaleros pero se dedican a cualquier menester menos a la labor callada de realizar estación de penitencia bajo los pies de Dios? ¿Qué se le dice y en qué idioma, cuando los propios maestros, superados por un sistema que no les otorga ningún poder, han desistido de enseñarles cierta dosis de civismo y sentido ciudadano?

Cuentan, en una conocida frase atribuída a Winston Churchill, que cuando un joven diputado se sentó a su lado, le dijo que era un honor sentarse junto a él teniendo «en frente a sus enemigos». El célebre Primer Ministro inglés, elocuentemente, respondió «No se equivoque joven, ahí enfrente están nuestros adversarios, los enemigos los tenemos aquí junto a nosotros». Algo similar deberíamos reflexionar los cofrades, especialmente alarmados -con razón- por los ataques provenientes de entes externos como organizaciones políticas incluso particulares radicales empeñados en destruir nuestra Semana Santa -con lo sucedido en la Madrugá de Sevilla, no hay que irse más lejos-. Quizá deberíamos centrarnos, primero, en barrer nuestro hogar y dejarlo lo más limpio posible, centrándonos en realizar una depuración del modo en el que se considere oportuno, con la herramienta fundamental de la formación católico-cofrade, antes que en defendernos de los ataques externos. No digo que haya que mostrarse débiles ante estas ofensas que, tristemente, cada vez son más habituales, nada más lejos de la realidad. Lo que quiero decir es que tal vez si nos diéramos a respetar a nosotros mismos, siguiendo el ejemplo de Jesús, sin disputas internas, dimes y diretes, guerras por el poder, ostentaciones innecesarias o actitudes que nada tienen que ver con nuestra fe católica, como las descritas a lo largo de este texto, estos ataques quizá, y solo quizá, no contaran con cierto respaldo, o cuanto menos, silencio, del resto de la sociedad. Tenemos infiltrados en las Hermandades que nos hacen más daño que cualquier ataque externo, y ha llegado la hora de tomar decisiones trascendentales para el devenir de la Semana Santa. Es muy posible que hayamos perdido varias generaciones, por lo que el relevo regeneracional del día de mañana puede resentirse. Dirijamos la mirada, por lo tanto, al día de pasado mañana, igual aún queda esperanza…