La historia de nuestras hermandades se compone de una multiplicidad de elementos que conforman su esencia, van determinando paulatinamente su idiosincrasia y construyendo su realidad con el transcurso de los años. Por eso cada recuerdo, cada instante que se atesora en la memoria colectiva de quienes forman parte de ellas se convierte en gota insustituible del inagotable venero que alimenta su herencia y materializa su futuro.
Tal día como hoy, hace 63 años, fue bendecida una de las imágenes cristíferas que concita a su alrededor un de las devociones más significativas de la ciudad de San Rafael. Fue un 27 de marzo de 1954, cuando la iglesia de Santa Marina acogía entre sus muros fernandinos la bendición de Nuestro Padre Jesús de las Penas, el Hijo de la Esperanza, el Gitano para muchos. Una ceremonia apadrinada por el matador de toros Manuel Calero Cantero, «Calerito», a quien la Hermandad agradecía con esta distinción su contribución al ajuar de la Virgen.
Aquél día se convertía en realidad el sueño de quienes le imaginaron y que en noviembre de 1953 encargaron al recordado Juan Martínez Cerrillo su hechura. Una bendición bajo la referida advocación que suponía un giro decisivo en la corporación santamarinera, que de este modo sustituía su pretensión primigenia de que su titular ostentase el título de Santo Cristo de la Sentencia, evitando así la coincidencia con el título de la recién constituida Hermandad de la vecina parroquia de San Nicolás de la Villa, cuyo titular curiosamente también fue realizado por el imaginero de Bujalance.
Tal y como indica la descripción que la propia hermandad realiza del Señor, “la nueva imagen, cuyo coste se elevó a 7.000 pesetas, fue realizada como imagen de vestir representando al hijo de Dios con unas características peculiares de pie, con las manos atadas a la espalda y el torso semidesnudo, permitiendo la indumentaria presentir la anatomía corporal que destaca, especialmente por su tez morena. Sólo la leve inclinación de la cabeza hacia adelante rompe el hieratismo y la frontalidad de la talla.
Su rostro, de acusado perfil gitano, presenta expresión de cansancio y abandono, a la vez que un semblante sereno, de una penetrante tristeza y de una edificante humanidad; unos ojos de mirada profunda e infinita, párpados caídos, pómulos marcados y labios entreabiertos. Las sienes, ceñidas por la corona de espinas, manan gotas sangre que suavemente caen por frente y pómulos. La imagen despierta un enorme sentimiento de compasión en quien la contempla”.
La imagen de Nuestro Padre Jesús de las Penas se incorporó a la estación de penitencia por primera vez en 1959, procesionando sólo en su singular paso de guadamecíes hasta que en 1993 comenzó a acompañarle el impresionante misterio que realizara el imaginero cordobés Antonio Bernal conformando una de las escenas más equilibradas de nuestra Semana Mayor y marcando todo un hito en la Córdoba Cofrade.





