Miradas bajo el cubrerrostro, 💙 Opinión

Hombre de Hermandad. ¿Ejemplo de cofrade?

En estos últimos pasos dados por el nazareno a lo largo de las chicotás de esta semana, igual que se vislumbra la llegada a una calle o rincón especial de la procesión, momento que se espera con nervios en el cuerpo de nazarenos, se estaba deseando llegar al día de hoy, como un momento de especial interés en la procesión del nazareno a lo largo de los días. Pues en esta chicotá de hoy se han decidido cuestiones de vital interés unas, y no tanto otras, relacionadas con la forma en la que vamos a poder vivir la Semana Santa de este año.

Y de la misma forma en que un nazareno camina y se detiene siguiendo la corriente del resto de sus hermanos de hábito y fila, según las indicaciones de su Diputado de Tramo, los cofrades cordobeses estamos al albur de las decisiones tomadas en el seno de la Agrupación de Cofradías, por quienes, de maneras muy distintas y distantes, dependiendo de la Hermandad de la que se trate, representan a sus hermanos en la sede de Isaac Peral. Todo ello bajo la dirección del Obispado, ya sea en la persona del Delegado Diocesano de Hermandades y Cofradías o directamente en la cabeza de nuestra Diócesis. Dirección, supervisión y directrices.

Y esta supervisión de la Iglesia sobre las Cofradías hace, en numerosas ocasiones, que la identidad, los deseos, los proyectos, la idiosincrasia y la trayectoria de las hermandades se vean direccionados, cuando no coartados, según esa forma de entender cómo deben vivir las hermandades los dictados de la Iglesia.

Sólo caben dos opciones ante esta situación: una, tener un criterio propio, ya sea personal, ya sea de hermandad, y quedar proscrito para la mayoría de las cofradías; dos, dejar a un lado tu criterio personal (el que lo haya tenido alguna vez) o la esencia de tu hermandad (que sí suele existir, aunque haya veces que quede tan maquillada, tergiversada o anulada que parece que no se corresponde con aquello que conociste hace tantos años) y adherirte al pensamiento único impuesto por los adalides de lo “cofrademente correcto”.

Estamos ante un concepto muy peligroso: lo “cofrademente correcto”. Idea y filosofía sobre las cofradías muy alejada, en ocasiones, de lo correcto para las hermandades y cofradía.

Pero volviendo a la dicotomía que se le presenta a todo cofrade alguna vez en su vida ante las dos opciones mencionadas, me centro en la más elegida.

En ese preciso instante en el que quien debe ser defensor de una idea o de un criterio propio lo abandona, lo vende por 30 monedas de plata, o lo niega hasta tres veces antes del gallicantum; es en ese preciso instante en el que antepone un puesto en una Junta de Gobierno, un martillo delante del paso que sea, un micrófono radiofónico o televisivo para una minúscula audiencia local, un pregón menor de cualquier tertulia (no digamos el favor de alguna autoridad para optar a una distinción mayor)… en ese instante en el que antepone una posición en este microuniverso de las cofradías por encima de conciencia, lealtades y toda una vida cofrade.

En ese momento en que se une al pensamiento único impuesto, defendiendo ideas que hasta ayer mismo criticaba, o abrazándose con quien hasta anteayer negaba el saludo. Y en ese momento en que, como justificación a este cambio de actitud y de forma de entender toda esta loca pasión que nos tiene cautivos, suelta la frase lapidaria que cae como música celestial a la mayoría de los oídos ensordecidos por lo “cofrademente correcto”, y como el mazazo que anuncia la pérdida de una nueva alma para el Reino de los Cielos: “YO ES QUE SOY UN HOMBRE DE HERMANDAD”.

Ea… Ahí quedó.

Desde mi humilde opinión, y haciendo un paralelismo, lo peor que puede manifestar un político es la idea de ser un Hombre de Partido. No un Hombre de Estado, o un Hombre de Ideas, no… un Hombre de Partido. Esto no puede significar más que una cosa: lo único que a ese político le importa es él mismo, y lo que su partido pueda aportarle, siempre trepando en el escalafón. No le importa su país, sus gentes, sus problemas pues, en su idea de Hombre de Partido, jamás se enfrentará a la organización (mientras le siga beneficiando), a pesar de que ésta pisotee promesas, filosofías o realidades. Podemos ver un claro ejemplo en el huidizo ministro de la pandemia.

Pues traslademos este penoso concepto a nuestro mundo de las cofradías. Hombre de Hermandad… Hombre (aunque puede empezar a aplicarse también a nuestras hermanas) que, mientras siga medrando en el micro escalafón de su cofradía, se adherirá cual lapa a lo que el Hermano Mayor piense, proponga o manifieste. Quedando a años luz lo que hasta hace muy poco pensaba o criticaba en la barra o mesa de cualquier taberna más o menos castiza de nuestra ciudad, o en cualquier tertulia cofrade, en sus distintos grados de “ranciedad” (permítaseme el término).

Siempre de perfil, nunca de frente, jamás cara a cara, el Hombre de Hermandad se va bandeando según sople el viento que mueve su veleta volátil. Nunca se enfrenta, siempre aplaude y apoya, hasta parecer que es suya, la propuesta de quien le dirige, ante la estupefacción de quienes le han conocido y tratado hasta hace pocas fechas. Pero es que… es un Hombre de Hermandad. No un Hombre de la Semana Santa, o un Buen Cristiano y Honrado Ciudadano (homenaje a San Juan Bosco en este día)…

Y ese constante ponerse de perfil hace tener de tantos y tantos cofrades, que se sienten ejemplos para los demás, una imagen tan falsa como equivocada por la gran masa cofradiera. Imagen que no sabemos si refleja su verdadera realidad o la que necesita mostrar para mantenerse en el candelero cofrade.

¿Debe ser éste el ejemplo de lo que debe ser un cofrade, un cristiano, una persona amante de la Semana Santa cordobesa? ¿O es, más bien, el ejemplo de lo que el cofrade medio entiende como lo cofrademente correcto?

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