La Chicotá de Nandel | Todo menos salud

No medimos, vamos sin el mínimo atisbo de cálculo. Desenfreno y golpes en la mesa de los que precisamente no ostentan cargo alguno, que a veces mandan más que los encargados de eso, llevar el cargo y la línea a trazar.

Córdoba es esa pocilga controlada para que no se convierta ya el olor a podrido, pero que en la música siempre ha sucumbido a la podredumbre. 

Ya lo decía el gran José María García: «El halago debilita». Es por eso que conocedores de ello, y como buenos gobernantes de vertedero, no ha habido nunca un aplauso más alto que una crítica, nunca una palmada en la espalda más importante que un buen bofetón. 

Hemos acostumbrado siempre a nuestras bandas en la ciudad a soportar la crítica, por aquello de que cuando llegue la equivocación, sepan tener un buen juego de pies, un buen gancho de izquierda, pero sobre todo, sepan encajar los golpes. El ring siempre ha sido punto de encuentro, el sitio favorito para algunos, donde no se mide, no se piensa más que en el caos.

Y hablando de caos, podríamos recorrer la historia de una y otra banda, todos pasaron su propio caos, pero un caos orquestado, nada de aleatorios sucesos, todo bien guionizado por los reyes, los directores, los que mandan en la pocilga vaya, los perdona vidas, rompe contratos, los entendidos de una mierda, que en la mierda, puedes escuchar hablar de cuatro tonterías y no han tenido una baqueta en mano, ni un instrumento en el labio.

En el barracón del asco y la pobreza mental no hay sitio para autobuses que hacen miles de kilómetros, gasto de gasolina familiar, pues hay que ir al ensayo, horas que quitar a la familia, los amigos, compromiso, padres que entregan a sus hijos a un director para cumplir su sueño, y este director se convierte en el padre de tantos, que siempre recordarán que fue su padre, esa mano a la que agarrarse cuando los del vertedero decidieron qué estaba bien, o hasta cuando estaba bien.

Córdoba es así, vertedero S.A. putrefacción bajo cuerda, bandas como moneda de cambio en elecciones, nombres que van y vienen sin importar el que está, sin reparar en el daño que se puede o no hacer. Lo importante es hablar en el rincón de la mierda donde el rey es un mojón, que en este medio, en el otro, por televisión, radio, barra de bar de consumición pagada por escuchar el sermón tan necesario como oler el olor nauseabundo del que lo da, que comienza esa rebelión, que insta a buscar la forma de guillotinar a la banda que sea, la que toque.

El otro día, la IA nos mostraba un banderín en un vertedero. ¿Qué más podemos decir de todo esto? ¿Merece la pena? ¿Tienen que existir las bandas en la ciudad?

Yo creo que sí, mientras un músico quiera disfrutar de su instrumento, y si de paso como han hecho algunas, pasean el nombre de la ciudad por la provincia o extramuros, para mí si.

Quedarán, llegado el día, pocos músicos ya dispuestos a esto. Créanme. Pero mientras haya ilusión, yo les deseo que tomen mi mano, la tendrán, y la palmada en la espalda, y el consejo del que no sabe mucho o nada, la sonrisa, el aliento, y la mano también si tienen que levantarse. No esperen nada más que lo que hay en el vertedero, de esos, esperen todo, menos salud.