La Chicotá de Nandel | Unos polvo, otros camino

Recién llego a casa de ver cómo comienza el caminar hacia la Aldea de tantos y tantos amigos, que corazón en mano, se dirigen a ver a la Reina de las Marismas.

He de confesar que nunca había ido a despedir a la Hermandad del Rocío de Córdoba en su salida hacia las arenas, el difícil y duro camino hasta llegar a su sueño, su destino.

Vienen días duros, el sol de justicia aún no ha hecho su aparición estelar, que por estas fechas ya uno casi que lo echa de menos, no tanto por las ganas de notarlo en el lomo, sino por echarlo de menos.

En busca de ese sueño que se renueva cada año, su ilusión, la herencia de sus padres, los hijos que hoy van aprendiendo lo que tendrán que seguir enseñando a sus hijos, pues es una herencia calada, obligada casi, el rociero nace casi, más que se hace. 

En busca de una Madre que espera al peregrino, al cansado, al maltrecho, de cuerpo, pero algunos seguro que quizá de mente o corazón. He ahí el verdadero camino, la verdadera promesa, el ser y motivo. Hay quien dice al que se marcha un: «Buen camino amigo mío». Pero también hay quien con la sonrisita cómplice, le espera al colega: «Que disfrutes mucho». Ustedes ya me entienden.

Y así por el puente del Arenal he vuelto a mi casa, poco a poco acercándome al polvo, a camiones que entran y salen en la preparación de otros cofrades, que con mimo, aún tienen el valor y el santo coraje de mantener su caseta de feria.

Duro esto también, montar, desmontar, inversión, trabajo durante siete días, entre el polvo, echando el pulso al trabajo, al no descansar, al reguetón, a la discoteca, a lo que hemos mancillado como tantas otras cosas, y ahí siguen, ahí están algunos cofrades.

La torre de «pega» de nuestro insigne monumento califal se alza entre el polvo, y los cofrades afanados en sacar dos duros para su Hermandad.

En dos semanas, todo acaba y todo empieza, para unos polvo, otros camino.