La Crónica: La eterna sonrisa de Sevilla

Eran las cinco y media de la mañana. Habían pasado doce horas desde que las Hermanas de la Cruz derrocharan todo su cariño para vestir a la Virgen. Era noche cerrada y se escuchaba el repique de campanas de la Giralda por cada rincón del centro de la ciudad. Concha, una mujer octogenaria, presentía el sonido que pregona que hoy es un día grande en Sevilla mientras se levantaba de la cama. Ya no es su madre, sino su hija, quien abre el armario para coger ese vestido que de pequeña tantas ansias tenía de estrenar para ver a la Virgen, tan igual y tan diferente cada año. Una vez más 15 de agosto, el mismo recuerdo, la misma brisa fresca en Mateos Gago camino de misa de seis.

Las campanas catedralicias marcaban las ocho de la mañana cuando se oían los vencejos y la ciudad callaba, produciéndose el ejercicio de uno de los mejores dones que tienen los sevillanos en días como éste. La Virgen de los Reyes bajo el tintineo eterno de sus bambalinas llegaba a la Puerta de los Palos. Justo cuando los primeros rayos de un día que reluce más que el sol empiezan a bañar de luz el corazón de la ciudad. La Patrona de Sevilla estaba en la calle y un alegre repique de campanas festejaba a la Reina de las imágenes de Nuestra Señora.

El cortejo lo encabezaban los niños carráncanos, seguidos de la Asociación de Fieles de Nuestra Señora de los Reyes, el Consejo de Hermandades y Cofradías, la Sacramental del Sagrario, sacerdotes, Maestrantes y los Canónigos de la Catedral. Tras el paso de la Virgen, acompaña el Arzobispo Juan José Asenjo y el Obispo Auxiliar, Santiago Gómez Sierra, seguidos de la representación municipal y militar y la  compañía de honores del Ejército con banda de música.

Abriendo filas estaba la Banda Sinfónica Municipal de Sevilla, dirigida por Francisco Javier Gutiérrez Juan, que aprovechó acompañar a la patrona de la Archidiócesis para homenajear a Pedro Morales. En el recorrido se escucharon marchas de este compositor recientemente fallecido como “Dulce Nombre de Jesús”, “Sagrado Corazón de María”, “Rosario de la Macarena” y “Amparo. También se interpretaron marchas de jóvenes compositores como “Danos la Paz” de Jesús Joaquín Espinosa o “Regina Regum” de Cristobal López Gándara.

Las marchas procesionales también acompañaban a los rezos de las devotas que con un rosario en manos contemplaban a la Virgen de los Reyes. Miradas de pura devoción se dirigían a la patrona que este año lucía el manto tisú de color salmón, regalo de la duquesa viuda de Osuna y confeccionado por las Hermanas de la Cruz. Y Ella, con su mirada y su eterna sonrisa pasaba lista un año más a todas las mujeres que en peregrinación matutina se dirigían desde sus parroquias al encuentro de la imagen que tienen en la mesita de noche. Reyes sabe que en su procesión, la más pura e íntima, todos los que acuden tienen un motivo.

El incienso y los nardos – de la cordobesa localidad de Cabra – más blancos que nunca, eran una fragancia digna de Reinas, un perfume que junto a la brisa del amanecer de la Avenida preparaba el alma para recibir a María. Ese olor único e inigualable, ahora huérfano de los calentitos del Postigo, que encierra tantos recuerdos y detiene el tiempo.

Antes de las nueve y media, los zancos del paso se posaron frente a la Puerta de los Palos. La Virgen y el Niño dirigían su mirada al pueblo más mariano del universo que contemplaba en silencio y oración a la devoción transmitida de madres a hijas, de abuelas a nietas. Cuando el ejército desfilaba delante del paso, la plaza que lleva su nombre era un hervidero de aplausos por un pueblo que agradecía la labor de las fuerzas del Estado y después, un suspiro. La Virgen de los Reyes empieza a entrar. Ahora, el profeso de esta devoción vuelve a tener la misma intensidad e intimidad que la fe de las monjas de clausura, tardes y tardes de peticiones y miradas cómplices.

La Virgen de los Reyes va perdiéndose en la oscuridad de las naves catedralicias. Concha no puede reprimir soltar unas lágrimas cuando aprieta muy fuerte las manos de su hija, al igual que  su madre apretaba las suyas cuando iban a la novena. Ya han pasado sesenta años viendo a la Virgen juntas, sesenta años de que Ella intercediera por ellas, los mismos desde que se cumpliera un milagro que solo ellas conocen.