Todas las cofradías realizaron su estación de penitencia, con importantes cambios en la nómina
Otro giro más en el guion. Ya no sirve saber de memoria el paso de las cofradías por la carrera oficial. Si el Martes Santo se escuchaba con mayor asiduidad qué cofradía venía detrás —los más avezados se fijaban en detalles como la cruz de guía o el escudo—, el Miércoles continuó por la misma senda. Aumentaron los problemas, eso sí, pero no de los cortejos sino de un público que cada vez es más irrespetuoso. Sillitas y pipas, un tándem imperfecto que se prolonga en el calendario sentimental de la ciudad. Por no hablar de la basura ingente que en ocasiones supera a la cera como piel de la ciudad en la semana más esperada.
Desde Omnium Sanctorum llegó con el Carmen Doloroso, que volvió a abrir la jornada. A pesar de no cambiar su posición, sí introdujo modificaciones en su recorrido. A la vuelta pasó por la plaza del Salvador, Córdoba, Puente y Pellón, Lineros y plaza de la Encarnación. A su sede canónica no accedió por Feria sino que tomó Guadiana y Peris Mencheta. Pasión de Linares tocó tras el primero de los pasos. La Virgen estrenó una saya de color rojo, regalo de algunos hermanos. En el futuro está la revolución estética del palio, que pretende acentuar el carácter carmelita del segundo de los pasos.
El Buen Fin pasó a ser la segunda en la carrera oficial. Esto obligó a adelantar su horario y a introducir cambios durante su recorrido. Postigo, Arenal, Molviedro, zonas que acogieron al crucificado en solitario, ya que el año que viene estará acompañado por las nuevas figuras secundarias realizadas por Darío Fernández. La banda de la Centuria Romana Macarena Juvenil acompañó musicalmente por primera vez delante de la cruz de guía. El báculo de Amigo Vallejo presidió la delantera del palio, donde se vio a una Virgen de la Palma más triste si cabe. En su mano, un solideo del arzobispo que la coronó canónicamente. La corporación de San Antonio de Padua celebró los sesenta años desde que obtuvo el título de sacramental.
Rosario de Cádiz llegó tras el portentoso crucificado de la sed. «Siempre caminando», de Manuel Jesús Guerrero, se estrenó en este Miércoles de cambios, en los que, sin embargo, todo permaneció igual. Los titulares de la corporación penitencial volvieron a visitar a los enfermos de San Juan de Dios, cita ineludible que cada año nos recuerda que estamos a las puertas de los días más esperados de la Semana Santa. Consolación para los enfermos que, con lágrimas en los ojos, vieron en lontananza a la dolorosa avanzar entre las tribulaciones. Llevaba la imagen el barquito que fue finalmente recuperado tras el robo sufrido en noviembre del año 2020, labrada en 2009 por Fernando Marmolejo en plata sobredorada y con piedras preciosas engarzadas. Sin embargo, en la catedral se optó por suprimirlo, debido a los problemas que estaba causando. Fue entonces cuando se colocó en la peana.
La cuarta cofradía fue San Bernardo. Permaneció su esencia, volvimos a ver el monte de claveles rojos salteado con iris morado y la banda de la Cruz Roja fue tras el palio. En el puente de bomberos la luz artificial sirvió de telón de fondo para la lluvia de pétalos que son homenajes de amor a los protectores del barrio torero. Las familias se reencuentran y vuelven los vecinos que se fueron en un Miércoles que se escribe con mayúscula en el corazón de cada uno de ellos. La cofradía hizo un esfuerzo encomiable para comprimir a sus nazarenos y cumplir con los horarios. Dos mil cuatrocientos hermanos vistieron sus túnicas. En la Campana dejó un minuto de más y en la catedral cumplió escrupulosamente con el tiempo asignado. Al final del día, los minutos dejados revelaron que todavía el Miércoles puede salvarse.
La Lanzada entró en Campana con Sangre y Agua, y le continuaron El Hijo de Dios y La Pasión. La banda de las Tres Caídas puso sus sones tras el primero de los pasos, donde Longinos se halla sobre un caballo que ha sido restaurado este año. La actividad frenética del actual alcalde volvió a notarse, en este caso visitando San Martín durante la mañana. Tampoco faltó la foto con Saiz Meneses. El exorno floral fueron rosas rojas en el paso de misterio de la Sagrada Lanzada y blancas para el palio de María Santísima del Buen Fin.
La siguiente cofradía es ejemplo de crecimiento de nazarenos en este ecuador de la Semana Santa. Casi dos mil nazareno de azul baratillero acompañaron a sus imágenes camino de la catedral. El 14 de septiembre de 2024 será coronada la dolorosa de la Piedad, lo que convertirá a la corporación de la calle Adriano en la primera en Sevilla en tener dos dolorosas con tal rango. En el palio pudo comprobarse la restauración del techo, todo un acierto por parte de su vestidor, Grande de León. El cambio por la Casa de la Moneda y Tomás de Ibarra propició que pudiera disfrutarse más de ambos pasos. No se entendió el aforamiento del Arco del Postigo, máxime cuando no había una destacable aglomeración.
Treinta años después los Panaderos dejó de ser la última. A las cinco y media ya había gente esperando en las inmediaciones de la capilla, que no abrió sus puertas hasta las ocho. La cofradía llegó a la Campana sin rodear la Gavidia. A esa hora los bares de la plaza de San Andrés colgaron el cartel de lleno. El palio, a su paso por Sierpes, tuvo que parar unos instantes hasta que los servicios de emergencia pudieran trasladar a una señora que sufrió un ictus. Se notaba la víspera de los días festivos y el centro estaba abarrotado. De hecho, antes incluso de que llegara a los palcos de la plaza de San Francisco ya esperaba la multitud en la plaza del Salvador, extendiéndose hasta calle Orfila. El público cada vez va a más… y a peor. La céntrica plaza parecía un botellódromo. Si hace años los niños tomaban la escultura de Martínez Montañés ahora lo hacen chavales que atentan contra el patrimonio.
Las Siete Palabras puso su cruz de guía cuando el reloj se acercaba a las ocho de la tarde. Quinteto de metales ante el Nazareno de la Divina Misericordia. Después, el misterio a los sones de Esencia. Uno de los grandes Calvarios de Sevilla acudió al centro de la ciudad con aires clásicos. Cerró el cortejo la Virgen de las Siete Palabras. En la entrada cofradía se vio más público que en años anteriores, por lo que el hecho de ser la última en entrar en esta jornada, acabó siendo favorable. Al Nazareno de la Divina Misericordia le sorprendió una saeta en la Campana, ya de vuelta, una interpretación que viene a reafirmar que todavía quedan buenos ejemplos que sobreviven entre tanto quejío chirriante. Atrás quedaban las imágenes de su transitar por la avenida de la Constitución de vuelta. La decisión de no dejar que el público pudiera acceder dejó unas desoladoras instantáneas donde la noche que, en temperaturas, fue más agradable que la anterior, convirtió la cera en escarcha. Porque no se entendió una soledad en el centro mismo de Sevilla.
Cristo de Burgos cerró la estaciones penitenciales en un Miércoles Santo con las temperaturas fueron primaverales. Atrás quedaba su disconformidad con el puesto asignado, porque hoy importaba la estación de penitencia a la catedral. Salió de noche, por lo que no pudimos ver al crucificado con el crepúsculo como telón de fondo. A su paso por la carrera oficial ya había nueve minutos de retraso. Siete dejó los Panaderos y dos las Siete Palabras. A ellos habría que sumar cinco, que dejó la cofradía. A la salida de la catedral fueron ocho los que sumaron. Los contrastes se vivieron cuando los Panaderos pasaba por la plaza del Salvador y por Francos el Cristo de Burgos. Sonaba Rocío tras la Virgen de Regla y asomaba la cruz de guía camino de la plaza del Pan por el final de Francos, entre un silencio atronador. La policía tuvo que recordar a los asistentes que debían plegar sus sillas ante el paso de la cofradía. Peor fue la imagen que se llevaron quienes todavía quedaban por el centro cuando observaron cómo quedó la plaza del Salvador.













































































