Opinión, Otra manera de ver las cosas

La gran semana de nuestra Esperanza

Son las cuatro de la mañana del Sábado Santo. Extenuado, cansado y con la cara totalmente blanca regreso a casa. Me despojo de mi chaqueta negra, corbata negra, camisa blanca y pantalones negros. Como el que viene de despedir a un ser querido, después de pasar una noche en vela, sin apenas dormir y comer. Triste, afligido, apenado y totalmente dolorido se encuentra mi corazón, y tan solo deseo escribir y expresar.

Todo aquello, que llevaba preparando para transmitir como cada semana, lo considero basura. Solo me queda la pena. Acabo de enterrar a mi Dios y Señor. Aquel que llamo Gran Poder, se encuentra totalmente inerte, inmóvil, pasivo y con los signos de una grandísima dolorosa pasión. No puedo ni mirarlo.

Tan solo me queda el consuelo, sí es que puede existir, de haber sido un indigno ministro en altar de Dios, completamente embalsamado por el sacerdote con los óleos santos. Ya que el altar es Cristo, y ayer en la hora nona, exhaló al Padre su último aliento, y tuvimos que darle Santa y Sagrada Sepultura.

Hoy no ha existido el Santo Sacrificio del altar, la Santa Misa, la Eucaristía. Tan solo, he podido recibir la Sagrada Hostia. Insuficiente,  escaso y falto debido a que lo he llegado a contemplar, a este Sagrado Cadáver, en todo su gloria, esplendor y apogeo. Ahora se encuentra reposando.

Yaciendo con los restos de mi Dios, se encuentra tanto mal existente en este mundo: enfermedad, guerras, dolencias, explotaciones, vicios, mezquindad, depravación e inmoralidad. En mi mente, se encuentran presentes todo dolor que he conocido en mi vida, tantos los propios como los ajenos. No puedo con este cáliz. No existen palabras para expresar este tormento.

Observó a su Bendita Madre, la Dolorosa del Viernes Santo. Aquella Santa Mujer, que trajo al Verbo a este mundo. Y es entonces cuando me hago esta pregunta ¿Yo puedo pasarlo peor que la Bendita Inmaculada?

Intentamos consolarnos mutuamente por la gran aflicción, y he aquí cuando descubro: que es la gran ESPERANZA. Ella es llamada Fátima, Macarena, Asunción, Victoria, Madre, Virgen, Triana, Lourdes, y demás advocaciones. Tan solo me queda ella, como la ESPERANZA que nunca se fue, que siempre ha permanecido y permanecerá.

Me voy adentrando con ella, en la madrugada del Sábado Santo. Tomo en mi mano el gran arma del católico que es el Santo Rosario, y comienzo a rezar para encontrar consuelo, bolita a bolita, Ave María Tras Ave María.

Me vuelve, a mirar, y, me dice: Ten ESPERANZA y transmíteselo a todos. ¡Dilo y proclámalo a voces¡ ¡Confía! ¡Fíate!. ¡Abandónate! Descansa y duerme como mi hijo, que ya es hora. No desesperes.