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Córdoba, El Cirineo, Opinión, Sevilla

La jubilación forzosa y la soberbia de quien tiene tanto por aprender

En las últimas horas hemos asistido a la difusión de dos noticias increíbles perpetradas por ese gobierno del disparate continuo que preside Pedro Sánchez, el hombre que nos desgobierna a todos después de haber obtenido el resultado más ridículo que cualquier otro aspirante a Presidente del Gobierno ha obtenido jamás. Dos noticias que unidas se comprenden mejor: la recuperación de la figura de la jubilación forzosa y la posibilidad de que el Estado regale el título de bachillerato con una asignatura suspensa. Dos noticias vergonzosas que demuestran que España se ha convertido definitivamente en una república bananera en la que la libertad es simplemente un concepto teórico que buscar en el diccionario y en la que el mérito tampoco significa absolutamente nada.

Si usted es un adulto con más de 60 años, está en plenas facultades físicas y mentales, como es normal, por otra parte, hoy en día, y sencillamente le da la gana de seguir trabajando, sepa que en breve no podrá hacerlo porque su libertad quiere volver a pasársela por el forro de la entrepierna esta panda de antidemócratas que conforman la izquierda española. Por contra, si usted es un adolescente aspirante a bachiller y no precisamente un dechado de virtudes, académicamente hablando, sepa que puede elegir una asignatura en su último año de instituto y directamente pasar de ella, porque el Gobierno de Sánchez, le regalara el título con una asignatura suspensa. Y si usted es un español más, tiemble. Tiemble como si no hubiera un mañana porque los imbéciles incompetentes que le gobiernan han decidido prescindir de la sabiduría de quienes llevan a sus espaldas décadas de experiencia para entregarle la sociedad a una panda de niñatos descerebrados, sin oficio ni beneficio, que terminarán de llevar el país al más miserable de los desastres, si es que para entonces el país sigue existiendo.

Hay que recordar, eso sí, que esta deriva inconcebible que se traduce en que el conocimiento, la experiencia y todo aquello que pueden aportar nuestros mayores vale cada vez menos, no es obra exclusiva del incompetente que ostenta la Presidencia del Gobierno ni de los inútiles que le rodean. Ni tampoco esta creencia absurda de que cualquier niñato sabe absolutamente de todo y no tiene nada que aprender de sus padres, abuelos o maestros, un cáncer que lleva asolando nuestra sociedad desde hace años, extendiéndose sin descanso y pudriéndolo absolutamente todo. Si bien hay que reconocer que propuestas tan grotescas como las perpetradas por esta panda de cabestros potencian todos los males, condenando al abismo cualquier esperanza para esta sociedad herida de muerte.

Luego nos sorprendemos cuando se sigue insultando a los profesores en las aulas, se multiplican casos en que hijos (de puta) maltratan a sus padres o somos testigos de cómo hay abuelos abandonados hasta la muerte en cualquier rincón de una residencia. En una época en la que en países mucho más avanzados económicamente que este basurero nuestro, como Suiza o Japón, se intenta recuperar el valor de los seniors y la riqueza que pueden aportar a las empresas y a la sociedad en su conjunto, en este pequeño rincón del podredumbre, que se desmembra poco a poco y en el que la libertad del individuo comienza a convertirse en una entelequia, despreciamos una vez más a nuestros mayores condenándolos al ostracismo y privándonos a todos del inmenso caudal que han atesorando a lo largo de su vida para entregarle las riendas de todo a una pandilla de ignorantes, cada vez más ignorantes, por obra y gracia de la miserable educación que para ellos han parido nuestros políticos.

Una realidad que asola todos y cada uno de los ámbitos que componen esta repugnante sociedad. Y, por supuesto, las cofradías no son una excepción. Hoy, el cofrade imberbe, prácticamente salido del cascarón, cree conocerlo todo, por el mero hecho de tener a su alcance internet o You Tube, haber leído un puñado de libros y viajar a Sevilla cada vez con más frecuencia. Una prepotencia difundida a golpe de smartphone, directamente proporcional al desprecio con que tratan a todo aquél adulto incapaz de recitar de memoria el título de las marchas del último disco de las Tres Caídas de Triana o no haber pisado nunca un foro o una cuenta de Twitter o Instagram.

Que los jóvenes cofrades tienen mucho que aportar es una verdad irrefutable. Que deben sentarse a escuchar para aprender de quienes les llevan décadas de ventaja, una evidencia que solo puede negar quien vive en la infinita soberbia de pensar que lo sabe todo. Tal vez sea un poco culpa de todos. De los más mayores por haber despreciado durante décadas a quienes se acercaban a las casas de hermandad para aportar su ilusión y sus nuevos conocimientos a los que nunca tuvieron la oportunidad de acceder las generaciones pasadas. De las generaciones de cofrades que abandonaron las hermandades hastiados por ser reducidos a meros mulos de carga, dejando tras de sí un vacío irreparable en nuestras cofradías. Y de los más jóvenes, que envueltos en la bandera de la arrogancia, son incapaces de comprender que la sabiduría, la auténtica sabiduría, no se aprende únicamente en los libros, sino que se lee en la memoria viva de quienes lucen manos arrugadas y sienes plateadas.

Tal vez sea tarde para que unos y otros comprendamos que solo podremos construir un futuro mejor que el presente que hemos heredado si entre todos convertimos la sabiduría individual en riqueza colectiva. Tal vez sea tarde pero al menos, deberíamos intentarlo.

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