Ojeaba el otro día un conocido diario que ofrecía en sus páginas centrales un reportaje sobre las consecuencias de la epidemia en el turismo. En España, después de Madrid y Barcelona la ciudad que más está sufriendo es Sevilla. No es extraño si tenemos en cuenta que es de las que mayor afluencia recibe a lo largo del año.
Imágenes desoladoras en un país que, nos guste o no, encuentra en el turismo un motor para la economía insustituible, principal sustento de muchos hogares españoles. Si uno pasea por el centro se dará cuenta de cómo la crisis está golpeando Sevilla. Pero no hace falta trasladarse hasta la Campana o la avenida de la Constitución. Ahí está la estación de santa Justa o el aeropuerto de san Pablo. Pero más cerca incluso. En tu misma calle o en el mismo bloque. Un desierto que las generaciones actuales no recordamos, un itinerario vacío que ofrece imágenes desoladoras.
Habrá quien se muestre contrario a la celebración de procesiones extraordinarias e incluso quien critique el hecho de abordar un asunto de estas características en plena pandemia pero imaginar un futuro cercano es también una vía de escape de la realidad. Pensar en una celebración sería también escenificar un panorama distinto, donde la covid-19 apenas tiene acto de presencia. Una vuelta a la normalidad con una vacuna exitosa que permita el regreso a lo que pretenden llamar una nueva normalidad, sin sobresaltos.
Una procesión magna serviría para paliar en parte los graves problemas que acarrea la pandemia en una ciudad que ve diariamente las calles llenas de turistas… hasta que llegó un capítulo que parece un paréntesis en nuestras vidas. Restaurantes, tiendas, establecimientos en definitiva del centro que vivirían una jornada que insuflaría oxígeno a cientos de familias. Porque un evento de tal magnitud sería una carrera de fondo que llevaría a la meta a miles de personas. Un trayecto que está siendo harto difícil y al que todavía no se le ve el final aun dedicándole un esfuerzo sobrehumano.
¿Se imaginan una procesión con las imágenes más veneradas de la ciudad? ¿O una veneración como la que ha tenido lugar en Olivares donde durante varios días pudieran los fieles acercarse a venerar las devociones a las que tanto ha rezado durante estos meses? Nos hemos acostumbrado a las extraordinarias, e incluso aquellos que las criticaban darían lo que fuera por poder presenciar una de ellas. Porque volver a oler el incienso, anunciando la llegada de una dolorosa bajo palio y hasta otear bullas en las bocacalles sería para nosotros volver a la ansiada a la par que cofradiera nueva normalidad. Y también un respiro para los que viven del turismo. Que no son pocos.
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