La Orquesta de Córdoba conquista al universo cofrade

El Gran Teatro de Córdoba ha vuelto a ser testigo de como ese lenguaje universal que se llama música es capaz de traspasar las barreras del tiempo para conquistar con su magia el corazón de los hombres y las mujeres.

Así lo ha demostrado la Orquesta de Córdoba que, dirigida por Manuel Pérez Rodríguez, ha ofrecido un magnífico concierto de Cuaresma en el que han brillado obras nacidas de la creatividad de músicos con mayúsculas de muy diversas épocas, desde la maravillosa Virgen del Valle de finales del siglo XIX a La Sangre y la Gloria de Alfonso Lozano una pieza de antes de ayer que se ha ganado por derecho propio un lugar de privilegio en el firmamento de las mejores composiciones ideadas para ser interpretadas detrás un paso de palio.

Con un aforo de algo más de tres cuartos de entrada, menos de lo que merecía un evento de esta calidad, pero mucho más de lo que le presuponen aquellos que piensan que sólo las cornetas y tambores son capaces de tener el reclamo suficiente para el gran público, el concierto comenzó con un inequívoco sabor cordobés al son de Virgen de las Angustias de Enrique Báez y Lágrimas y Desamparo de Francisco Melguizo para adentrarse con posterioridad por otros aromas evocadores por obra y gracia de Corpus Christi, Santa Vera Cruz y Estrella Sublime, que hicieron las delicias del público por la alta calidad interpretativa de los músicos de la Orquesta de todos los cordobeses.

La segunda parte comenzó en brazos de Pedro Gámez Laserna y la maravillosa Jesús de las Penas de Antonio Pantión culminando con dos auténticas joyas de la música procesional, la insuperable Virgen del Valle y Saeta Cordobesa, ambas aclamadas y ovacionadas por el público asistente. Una ovación que mereció una marcha más, fuera de programa, la maravillosa obra cumbre de Abel Moreno La Madrugá cuya ejecución transportó a todos los que tuvimos la suerte de darnos cita en el Gran Teatro a un universo de fantasía solo al alcance de las grandes obras, de los grandes intérpretes y de esa magia insuperable que solamente es capaz de concebirse con el sonido de una bambalina golpeando contra el varal al compás cuaternario de una marcha de Semana Santa.

Un concierto excelente con un repertorio magnífico que se convierte de este modo en un gran preámbulo para una Semana Santa que ha de ser única e irrepetible. Que así sea.