En esta semana, previa a nuestra Semana Santa, estamos envueltos por una interminable avalancha de presentaciones de carteles anunciadores de la misma, traslados, retranqueos, Vía Crucis, montajes, pichar flores o cera, conciertos, estrenos, y tantas cosas que hacer, que ver, o en las que participar, que ya me encuentro aturdido en esta espiral de actos, de carreras necesarias o no tanto, de correr sin saber muy bien a que acudir, todo es importante, todo es necesario, o imprescindible.
Estrenos por miles, marchas incluidas, y es que la reclusión obligada ha demostrado ser buena para la musas de los artistas, he visto en este periodo muchas tallas de una extraordinaria calidad, quizás las mejores de toda mi vida, carteles asombrosos, he escuchado marchas de las que perduraran en el tiempo, he visto bordados de los que se quedan grabados en la memoria, y es que la pandemia ha ayudado a unos y a otros, rellenado el tiempo con las cosas que a cada uno les llenan, les gustan o les mantienen, sea como sea la verdad es que han visto la luz muchas obras de arte buenas, las disfrutaremos si Dios quiere en esta Semana Santa.
Yo empecé a disfrutar hace un par de días, con un Vía Crucis de los de pasito pequeño, paso que ayuda a la intimidad del acto, de los de recorrido breve, que también ayuda a la oración, de los que no son para lucimiento de cuadrilla potente bajo un barco, ni para presumir de una banda numerosa, ni de cuerpo de acólitos infinito, más bien del recogimiento de música de capilla, megáfono al hombro, estaciones improvisadas en su emplazamiento, portando un Nazareno de mirada dulce, de sufrimiento inapreciable, cruz al hombro, rodilla adelantada, talla de tamaño mínimo, acorde con su paso, y con sus costaleros, chavales que empiezan a caminar bajo un paso, autentica escuela, distante de las cuadrillas de renombre, pero con muchos más méritos, corazones inmaculados llenos de ilusión y con muy pocas maldades, es lo que tiene la juventud, que cuando se entrega a algo, lo hace de corazón, y ahí es donde empiezo a disfrutar.
Seriedad en el cortejo, primeros golpes de llamador retumbando en las paredes de un viejo barrio, primeras velas quemando cera, dejando un reguero de las primeras gotas en el suelo, incienso elevándose al cielo y perfumando las calles, cerrada nube que va amortiguando los brillos y tamizando el colorido de la flor, difuminando el friso del paso, trío de capilla, seriedad hasta en las marchas, racheo de píes con ecos de crujir de madera, dibujos de sombras en las paredes, sombras de paso, sombras de cruz y de nazareno, oración viva por las calles. ¿puedo pedir más?
Siempre se puede pedir más, siempre tendremos algo o alguien por quien pedir, por quien rezar. Por pedir, incluso se puede pedir perdón, recoger el galopante pensamiento, y centrarlo en esta humilde oración, oración llena de cruces, cruces que todos llevamos, y que por mediación de Él y de su Bendita Madre nos será más liviana, ahora todos deberíamos de llevar, al menos, sobre nuestros hombros la pesada cruz de la guerra, y otras tantas que todos sabemos que portamos, cada uno con la suya, yo no pido que Tú lleves la mía, lo que de verdad deseo es poderte seguir con tu entereza, con tu desprecio al dolor, lleno el corazón de infinito perdón, y de infinito amor, enséñame a perdonar y amar a los que me cargaron con esta pesada cruz, toda no es mía.
Van cayendo una a una, cada estación, llegando al final, bueno, nunca sabría si se trata del principio del final o del final del principio, la muerte es cierta, la resurrección también, meta esperada, busco cegado el amparo de su mirada, lo encuentro, rezo y pido como siempre, fuerzas para llegar, cierro los ojos, y solo queda despiertos mis oídos y olfato, mi cruz ya no pesa, mis pecados tampoco, ya se puede cerrar ésta perfecta espiral, donde la vida y la muerte luchan por prevalecer una sobre la otra, sabiendo cierto que la resurrección es la meta, el final, pero siempre con la duda, quizás sea solo el principio.
Feliz Semana Santa, feliz Pascua de Resurrección, toda una espiral perfecta.





