En el granadino barrio del Realejo nos encontramos con una plaza de estilo castellana, en cuyo centro emerge una representación de Fray Luis de Granada. Detrás, la características portada de la iglesia de Santo Domingo. Sin embargo, en esta ocasión la visita nos conduce hacia el lado derecho de la misma, pasando bajo un arco que conecta el templo con la zona desde donde se realizan las visitas, en la calle Cobertizo de Santo Domingo.
Las escaleras nos conducen hasta una sala donde se encuentran expuestas varias obras pictóricas que son copias de otras conocidas, como La coronación de la Virgen o el Cristo de Velázquez. Al fondo de esta habitación, una imagen de Santo Domingo preside la sala, y que salió con carácter extraordinario en 2016, cuando la Orden de Predicadores celebró los ochocientos años desde el nacimiento de la misma. La sala capitular es punto de partida para quienes están a punto de observar una de las grandes joyas del Barroco hispánico que tiene Granada. Flanqueando al santo, dos pequeñas imágenes de San Francisco y también de Santo Domingo.
Antes de acceder al camarín nos encontramos dos salas, la de Lepanto y la de la Inmaculada. La primera de ellas, muestra la batalla en la que estuvo presente la Virgen del Rosario, y de la que escribiría Cervantes que se trató de “la mayor batalla que han visto los siglos”. La Liga Santa frente al imperio otomano en un enfrentamiento que supuso el freno al avance del islam en el viejo continente. Antes de acceder a esta sala, nos encontramos con una reproducción del fanal que llevó la nave comandada por Álvaro de Bazán. En las bóvedas, llama la atención la cantidad de ángeles que portan armas, en alusión a la batalla naval, mientras que otros llevan rosarios. Frente a la pared donde se representa este enfrentamiento, en la parte superior, una representación de San Pío V, rezando ante la Virgen, pidiendo por su intercesión durante la batalla de Lepanto. Las pinturas, en su mayoría, son obra de Domingo Echevarría, más conocido como “Chavarito”. Debajo de esta representación, cráneos de las once mil Vírgenes de Colonia en un armario relicario, del siglo XVII.

La otra sala, conocida como la de la Inmaculada, está presidida por una gran obra de la Virgen María, de escuela granadina. Y en esta ocasión, los ángeles llevan instrumentos musicales, mientras en los arcos de las bóvedas aparecen escenas donde María es protagonista, como la coronación o la nave capitaneada por la Virgen. También se representa una Divina Pastora, la caída de Adán y la promesa del Redentor. Estas dos salas están conectadas con la sala capitular por un antecamarín donde sobresalen dos relieves ejecutados en mármol y alabastro y que contienen dos pequeños relicarios.
Antes de pasar al camarín, la visita también se adentra en el interior de la iglesia, accediendo a un balcón que conecta el camarín con el templo. Un juego de claroscuros que conforma la luz que entra por la cúpula central, y que se trata de una de las últimas obras del Barroco en Granada. Este retablo, iniciado en 1741, sustituyó a uno del XVII y que era idéntico al que se encuentra enfrente, que fue vendido. La primera etapa, 1741-1753, está atribuida a Marcos Fernández de Raya, mientras que la segunda, 1759-1765, es obra de Blas Moreno. Presidiendo la calle central, una representación de Dios Pare, sobre el que se encuentra una gran corona. Debajo, el Espíritu Santo, y el Hijo, segunda persona de la Santísima Trinidad, aparece en el Sagrario, el tabernáculo donde se expone la custodia y en los brazos de la Virgen del Rosario.
El camarín
Llama poderosamente la atención que no se conozca quién diseño todo este complejo sacro, aunque se halla documentada la participación de Melchor de Aguirre y José de Bada. Comenzado en 1744, se terminó en 1797. Tras la visión del retablo, la visita termina con el acceso al camarín propiamente dicho. A pesar de lo que puedan mostrar las imágenes, ya sea en fotografía o en vídeo, el camarín es una de las grandes joyas que sorprenderá al visitante más de lo que pudiera imaginar.

La sala está presidida por la Virgen del Rosario, copatrona de Granada, con su característico manto de plata, que es una de las grandes joyas de orfebrería, salpicado del anagrama de Jesús y María, y piedras preciosas. Sostiene en su mano izquierda al Niño Jesús mientras que en la derecha porta el cetro y el rosario. La efigie, cedida por los duques de Gor, oficiales de la archicofradía y bienechores de la misma, cedieron esta imagen en 1552. Sobre una nube de ángeles, aparece en un camarín que es todo un prodigio del Barroco. En el suelo, elementos alusivos a la batalla de Lepanto, como banderas del imperio otomano y escudos de los estados que conformaron la Liga Santa. Sin embargo, el visitante, quedará sorprendido cuando alce la vista al techo, donde una superposición de espejos creará un juego de luces que difícilmente pueda olvidar. A los efectos luminosos se le añaden la multiplicidad de puntos de vista. La bóveda está realizada a base de una cúpula central y medias cúpulas que descansan en cuatro trompas. Paralelismo entre la bóveda celeste y el espacio cuadrado en la tierra, continuando con la tradición aristotélica. En cuanto al zócalo, ángeles en las pilastras y bajorrelieves con pasajes bíblicos relativos a la mujer. Contraste entre el claroscuro que el retablo de la Virgen del Rosario nos ofrece y el diáfano camarín que busca ser el mismo cielo.
Curiosamente, esta estancia no se abrió hasta 2013, lo que implica un desconocimiento por gran parte de los granadinos así como del público en general. Desde entonces, y por tan solo dos euros, se realizan visitas guiadas de lunes a viernes a partir de las 12:00 horas, mientras que el domingo las visitas se triplican, siendo a las 17, 18 y 19 h. Una visita que el visitante no olvidará, un camarín al que se ha de volver en más de una ocasión, pudiendo apreciar también de cerca la belleza de la Virgen del Rosario así como del Niño Jesús.






