Existen momentos en los que la realidad deja de admitir eufemismos. Llega un instante en el que las palabras deben recuperar su significado exacto para no convertirse en instrumentos al servicio de la propaganda o de la cobardía. Cuando un territorio nacional ve cómo miles de personas cruzan de manera coordinada sus fronteras, desbordando la capacidad de respuesta de quienes tienen la obligación de protegerlas, resulta difícil encontrar otra definición distinta a la de una invasión. Lo verdaderamente inquietante no es únicamente la magnitud del episodio, sino la sensación de fragilidad institucional que proyecta un Estado incapaz de garantizar con firmeza la integridad de sus propias fronteras. Porque una nación que transmite la imagen de no poder defender su territorio envía también un mensaje de debilidad que trasciende lo estrictamente militar o policial para instalarse en el ámbito político, social y cultural. La soberanía no consiste únicamente en administrar un espacio geográfico; consiste también en preservar una identidad, una historia y un patrimonio colectivo que constituyen la esencia misma de un pueblo.
Toda civilización se sostiene sobre pilares que van mucho más allá de sus infraestructuras o de sus instituciones. La lengua, la memoria, las costumbres, las manifestaciones religiosas, las tradiciones populares y el legado cultural forman parte de ese patrimonio inmaterial que da sentido a una comunidad. Conviene recordar que existen modelos de sociedad donde muchas de esas expresiones serían sencillamente imposibles. Allí donde impera una concepción confesional del Estado incompatible con la libertad religiosa, las manifestaciones públicas de la fe cristiana difícilmente podrían desarrollarse con normalidad y, en muchos casos, acabarían relegadas, perseguidas o directamente erradicadas del espacio público. No se trata de alimentar enfrentamientos entre pueblos ni de fomentar prejuicios, sino de comprender que las libertades de las que hoy disfrutamos no son irreversibles ni gratuitas. Defender nuestras tradiciones no constituye un ejercicio de nostalgia, sino un compromiso con la continuidad de una herencia cultural que generaciones enteras levantaron con sacrificio y que no puede contemplarse con indiferencia mientras se debilitan los mecanismos destinados a protegerla.
Precisamente por eso adquiere una dimensión que trasciende lo puramente devocional la decisión de la Hermandad de la Virgen de África de mantener la tradicional procesión de la Patrona de Ceuta y no ceder ante el miedo. Ese gesto constituye mucho más que la organización de un culto externo. Es una afirmación serena de identidad, una demostración de que las tradiciones no pueden suspenderse cada vez que la incertidumbre llama a la puerta y una reivindicación de la normalidad frente a quienes pretenden condicionarla. La salida procesional de la Virgen de África debería convertirse este año en un símbolo compartido por todo el universo cofrade español y recibir el respaldo inequívoco de cuantos creen en la importancia de conservar el patrimonio espiritual y cultural de nuestro país. También sería deseable un apoyo institucional al más alto nivel, empezando por la Casa Real, como expresión de cercanía hacia una ciudad que representa una parte irrenunciable de España. Sin embargo, mucho me temo que ese respaldo no alcanzará la contundencia que las circunstancias merecen, prisionero de una política demasiado acostumbrada a refugiarse en equidistancias estériles y silencios calculados.
Las cofradías, precisamente porque son depositarias de una parte esencial de nuestra memoria colectiva, no deberían contemplar cuanto sucede en Ceuta como un problema ajeno o estrictamente local. Quien crea que lo que está en juego afecta únicamente a una ciudad autónoma se equivoca profundamente. Cuando una tradición centenaria resiste frente al miedo, cuando una comunidad decide mantener viva una manifestación pública de su fe en circunstancias especialmente delicadas, está defendiendo algo que pertenece al conjunto de España. La Virgen de África no procesionará únicamente por las calles de Ceuta; lo hará también, simbólicamente, en nombre de todos aquellos que consideran que la fe, la historia y las tradiciones forman parte inseparable de la identidad nacional. Permanecer indiferentes sería aceptar que todo puede relativizarse, incluso aquello que durante siglos ha dado cohesión a nuestro pueblo. Y hay momentos en los que el silencio deja de ser prudencia para convertirse, sencillamente, en una forma de renuncia.
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