La revirá | Constructores de puentes

La experiencia de la vida enseña pronto que existen personas cuya presencia deja tras de sí una estela de encuentro, de armonía y de voluntad sincera de mejora, mientras otras parecen instalarse en el territorio opuesto, ese espacio sombrío donde toda discrepancia degenera en combate y toda diferencia acaba convertida en enemistad. Hay quienes vienen al mundo con la vocación silenciosa de construir, de tender puentes allí donde otros levantan trincheras, de señalar aquello que no funciona no desde el resentimiento ni desde la voluntad de humillar, sino desde la convicción íntima de que todo puede perfeccionarse si existe honestidad para reconocer los errores y valentía para corregirlos. Porque mejorar el mundo exige una combinación difícil entre espíritu crítico y sentido de la responsabilidad: denunciar lo que se desvía del bien común no para destruir, sino para abrir la puerta a decisiones más justas, más inteligentes y más humanas.

Frente a ellos aparecen quienes parecen haber encontrado en el conflicto permanente una forma de afirmación personal. Sujetos incapaces de convivir con el matiz, con la complejidad o con la simple posibilidad de disentir sin convertir al discrepante en adversario moral. Personas expertas en transformar cualquier gesto, cualquier palabra o cualquier diferencia en un pretexto útil para alimentar divisiones, administrar resentimientos y fabricar enemigos donde solo debería existir debate o contraste de pareceres. Desde esa lógica empobrecida, el desacuerdo deja de ser oportunidad de crecimiento para convertirse en munición; la crítica constructiva es interpretada como ataque; y la discrepancia, en vez de enriquecedora, pasa a ser contemplada como una amenaza que exige ser neutralizada.

Sin embargo, las sociedades —y también las comunidades humanas más pequeñas— solo progresan cuando existe la madurez suficiente para comprender que señalar lo que no marcha adecuadamente no equivale necesariamente a destruir ni a odiar. Quien advierte una grieta en un edificio no siempre busca derribarlo; muchas veces pretende evitar el derrumbe. Quien denuncia un error institucional no persigue forzosamente el enfrentamiento; quizá únicamente desea impedir que la costumbre, la soberbia o la inercia terminen degradando aquello que todavía puede corregirse. La auténtica grandeza moral reside, precisamente, en saber distinguir entre quienes critican para incendiar y quienes lo hacen para construir, entre quienes utilizan las palabras como armas arrojadizas y quienes intentan convertirlas en herramientas de mejora colectiva.

Y todo ello, inevitablemente, alcanza también al universo cofrade y a la propia Iglesia, donde demasiadas veces se confunde la lealtad con el silencio cómodo o la crítica con la traición. Resulta paradójico comprobar cómo instituciones llamadas a predicar la fraternidad, la caridad y el encuentro terminan, en ocasiones, atrapadas por pequeñas guerras de egos, suspicacias y banderías donde algunos convierten al hermano en rival y al discrepante en sospechoso. Quizá convendría recordar que servir a una hermandad —y servir a la Iglesia misma— debería consistir menos en alimentar trincheras y mucho más en tender puentes, en corregir desde el amor a lo heredado y en comprender que la crítica honesta jamás nace del odio, sino de un deseo profundo de preservar, mejorar y engrandecer aquello que verdaderamente se ama.