El mundo de las hermandades, en su evolución reciente, ha terminado por engendrar una figura que, lejos de responder al espíritu de servicio que debería presidirla, se ha convertido en un factor de distorsión interna de enorme alcance. Hablamos de ese fenómeno por el cual determinados sectores de costaleros han dejado de ser parte de un engranaje para erigirse en auténticos grupos de presión, capaces de condicionar decisiones que trascienden con mucho su ámbito natural. Bajo la coartada de trabajar “a gusto” con unos y “a disgusto” con otros, se arrogan la potestad de decidir quién entra y quién sale, de señalar a compañeros, de influir en la continuidad de capataces, de cuestionar la idoneidad de formaciones musicales e incluso de interferir en la estabilidad de los propios equipos de gobierno. Lo que en origen fue una figura ligada al esfuerzo, al anonimato y al compromiso, ha derivado en una realidad donde se advierte la presencia de un costalero convertido en agente de poder, con capacidad de alterar equilibrios internos sin asumir responsabilidad alguna por las consecuencias.
Este proceso ha dado lugar a la consolidación de un perfil particularmente inquietante: el del costalero dictador, manipulador, rara vez aislado, casi siempre organizado en grupo, que actúa con una lógica de manada perfectamente reconocible. Se trata de un espécimen que posee una habilidad casi instintiva para detectar la debilidad, para localizar el eslabón más frágil de la cadena y lanzar sobre él su ofensiva con precisión quirúrgica. Su objetivo no es necesariamente la mejora de la cuadrilla ni la corrección de disfunciones concretas; en demasiadas ocasiones, lo que subyace es una pulsión de dominio, una necesidad casi patológica de demostrar quién ostenta el poder real bajo las trabajaderas. Que cambie una banda u otra, que se modifique un planteamiento u otro, resulta en el fondo irrelevante, porque ni la hermandad ni, en última instancia, quienes deberían importar por encima de todo, constituyen el centro de su preocupación. Lo que verdaderamente importa es la afirmación de una autoridad paralela que se impone por desgaste y presión.
Ahora bien, este fenómeno no se sostiene por sí solo. Requiere de una red de cómplices necesarios que faciliten su desarrollo y consolidación. Entre ellos, destaca la figura del capataz complaciente, blando en el ejercicio de su responsabilidad, incapaz —o no dispuesto— a ejercer la autoridad que le corresponde. Es el perfil que consiente que determinados elementos se le suban a las barbas, que tolera la erosión constante de su posición con tal de preservar su continuidad en el cargo. Y si para ello es necesario plegarse, ceder o incluso arrastrarse en lo simbólico y en lo práctico, no encuentra reparo alguno en hacerlo. Todo queda justificado por la permanencia en un rol que proporciona visibilidad, reconocimiento externo y esa cadena de palmaditas en la espalda que, aun siendo vacuas, actúan como combustible suficiente. El problema es que, en ese proceso, se sacrifica cualquier atisbo de autoridad real, dejando el terreno expedito para que quienes actúan desde la presión ocupen un espacio que nunca debió serles concedido.
A esta ecuación se suma, de manera decisiva, la actitud de juntas de gobierno y hermanos mayores que, lejos de establecer límites claros, optan por una estrategia de aplazamiento del conflicto. Se evita el enfrentamiento inmediato, se elude la decisión incómoda, se contemporiza con la esperanza de mantener una paz aparente que, en realidad, no es más que la antesala de un problema enquistado y de carácter estructural. Así, la falta de determinación institucional termina por legitimar de facto la dictadura de estos grupos, permitiendo que se consolide una dinámica que erosiona la estabilidad de la cuadrilla y, por extensión, de la hermandad en su conjunto. El resultado es un escenario en el que proliferan campañas de presión y desgaste, dirigidas contra cualquiera que no se pliegue a sus intereses, en una lógica de confrontación que persigue, por encima de todo, imponer jerarquías de facto.
El balance de esta deriva no admite matices: se ha creado un monstruo que opera con sus propias reglas y que no duda en llevar la situación al límite con tal de reafirmarse. Se asiste así a episodios de acoso interno, de fractura entre hermanos, de conflictos que adquieren una dimensión desproporcionada respecto a su origen, todo ello con el único objetivo de dejar claro quién manda realmente. Y lo más grave es que, en ese proceso, la propia hermandad —aquella a la que dicen pertenecer— queda relegada a un segundo plano, convertida en daño colateral de una lucha por el control. Si no se actúa con firmeza, si no se recupera el sentido de la autoridad legítima y del servicio desinteresado, el riesgo es evidente: que estas dinámicas conduzcan a una deriva autodestructiva, a una suerte de guerra interna que termine por arrastrar a la corporación hacia un abismo del que luego será extraordinariamente difícil regresar.





