Existe una creencia profundamente equivocada según la cual, una vez terminada la igualá, apagadas las luces del cabildo o cerrada la puerta de la casa de hermandad, el cargo también se cuelga de una percha hasta el día siguiente. Nada más lejos de la realidad. Un hermano mayor no deja de ser hermano mayor porque se quite la medalla, igual que un mayordomo no deja de ser mayordomo porque cambie la ropa de faena por el pijama de cuadros. Decía un veterano cofrade —y llevaba más razón que un santo— que un hermano mayor lo es desde que abre los ojos por la mañana hasta que los cierra por la noche, incluso cuando entra en el cuarto de baño. La representación institucional no entiende de horarios comerciales. Tampoco distingue entre domingos y festivos. Y mucho menos entre la vida física y la digital, ese lugar maravilloso donde algunos parecen convencidos de que el botón de publicar incorpora, por arte de magia, un sacramento de invisibilidad.
Naturalmente, cada cual tiene perfecto derecho a organizar su vida privada como le venga en gana. Faltaría más. Cada uno comparte la almohada con quien desea, cena con quien le apetece y administra sus afectos como considere oportuno. Ahí no debería entrar absolutamente nadie. El problema comienza cuando la frontera entre lo privado y lo público se convierte en una simple línea dibujada sobre la arena. Porque las redes sociales tienen una curiosa costumbre: todo lo que allí aparece deja de pertenecer exclusivamente a quien lo publica. Y si quien publica resulta ser un miembro de una Junta de Gobierno, pongamos por caso un prioste, convendría recordar que los teléfonos móviles poseen una inquietante habilidad para fabricar capturas de pantalla con una rapidez verdaderamente milagrosa. Después ocurre lo de siempre: alguien las guarda, otro las reenvía, un tercero añade un comentario ingenioso y, antes de que el protagonista haya terminado el desayuno, media ciudad conoce unas aficiones digitales que quizá deberían haber permanecido discretamente en el ámbito estrictamente personal.
No deja de tener cierta gracia esa fe inquebrantable en la fugacidad de internet. Hay quien piensa que una fotografía sugerente en una aplicación de citas desaparece igual que el incienso cuando termina la procesión. Ojalá. La realidad es infinitamente más cruel y bastante más divertida para los demás. Internet tiene memoria de elefante y sentido del humor de cuñado. Lo que hoy parece una inocente búsqueda de compañía puede convertirse mañana en el entretenimiento favorito de varios grupos de WhatsApp. Y entonces ya no se habla de Fulano, Mengano o Zutano. Se habla de «uno de la Junta de Gobierno». Ahí reside el verdadero problema. Porque el escándalo nunca lleva únicamente nombre y apellidos; lleva también el nombre de la hermandad que esa persona representa. Al final, la fotografía deja de ser de un individuo para convertirse, injustamente o no, en el retrato colectivo de una corporación que probablemente no tenía la menor culpa de semejante desliz. O sí, porque algunos personajillos elegidos para desempeñar ciertos cargos, llevan la expresión «potencial escándalo» grabado a fuego en la frente.
Por eso convendría recuperar una virtud que parece cotizar a la baja: la prudencia. No por mojigatería, ni por puritanismo, ni porque haya que vivir escondido detrás de una cortina o dentro de un armario. Simplemente porque aceptar un cargo en una Junta de Gobierno implica asumir una representación permanente que no se desconecta al introducir una contraseña en el teléfono móvil y, al final, todo se sabe aunque uno crea estar plácidamente a salvo, escondido detrás de una piedra semipreciosa. La elegancia, la discreción y el saber estar no son antiguallas reservadas para los retratos en blanco y negro; siguen siendo magníficos compañeros de viaje para cualquiera que aspire a servir a una hermandad. Después, por supuesto, cada cual puede acostarse con quien quiera. Eso jamás debería escandalizar a nadie. Lo verdaderamente comprometido es acostarse creyendo que internet también se va a dormir. Porque, mientras uno sueña plácidamente, siempre puede haber alguien deslizando una captura de pantalla de smartphone en smartphone, y entonces quien acaba haciendo estación de penitencia no es solo el protagonista de la historia, sino la hermandad entera. Esa, curiosamente, nunca pidió salir en la foto.





