La revirá | Ir por ir es tontería

Este jueves, la Hermandad del Rocío de Córdoba volverá a echarse a los caminos para iniciar ese tránsito espiritual y emocional que cada primavera conduce a miles de corazones hasta las plantas de la Blanca Paloma. Una vez más, la filial cordobesa inundará las calles de la ciudad de ese aroma inconfundible que mezcla tradición, emoción a flor de piel, plegarias y oraciones rezadas al compás del latido del alma. Porque pocas corporaciones poseen una personalidad tan definida y reconocible como la del Rocío cordobés, capaz de convertir su salida en una auténtica manifestación colectiva de fe popular. Sin embargo, junto a toda esa belleza incuestionable, vuelve a repetirse un episodio que desde hace años sigue despertando la incomprensión de numerosos hermanos y devotos: la parada obligatoria en la Santa Iglesia Catedral. Una visita que se ha ido incorporando progresivamente a multitud de procesiones y traslados de la ciudad como si acudir al primer templo de la diócesis constituyera por sí mismo una obligación automática, aun cuando en determinados casos esa presencia carezca de una lógica verdaderamente sólida. Porque una cosa es realizar estación de penitencia ante el Santísimo durante la Semana Santa y otra muy distinta convertir cualquier recorrido en una suerte de peregrinación institucional hacia la Catedral por sistema, simplemente “ir por ir”, algo que, utilizando la expresión popularizada por José Mota, muchos consideran sencillamente que “es tontería”.

La filial cordobesa no representa únicamente a un grupo concreto de hermanos, sino al sentimiento rociero de toda Córdoba. Representa a una ciudad entera que se pone en camino hacia las marismas almonteñas. De ahí que sí posea una lógica simbólica evidente el hecho de despedirse institucionalmente del Ayuntamiento y de la ciudadanía representada por sus responsables públicos, algo que además sucede de manera natural al partir la hermandad desde San Pablo, frente al consistorio. Pero la pregunta sigue permaneciendo intacta: ¿de quién se despide exactamente la hermandad cuando acude a la Catedral? Porque en el templo mayor de la diócesis no se encuentra ni la patrona ni el patrón de Córdoba. Y la propia explicación ofrecida desde ámbitos diocesanos termina de acrecentar esa sensación de desconcierto al sostener que la hermandad acude allí simplemente para recibir la bendición del obispo. Es decir, la filial altera su recorrido, pierde aproximadamente una hora de camino —algo nada menor tratándose de la hermandad con el trayecto más largo hasta la aldea— y además desmonta litúrgicamente su eje central para recibir una bendición que perfectamente podría impartirse en otro lugar y de otra manera mucho más razonable.

Porque conviene recordar algo que algunos parecen haber olvidado entre tanta rutina institucionalizada: el Simpecado de una hermandad rociera no es una insignia cualquiera. No es un estandarte decorativo ni un mero elemento protocolario. El Simpecado representa espiritualmente a la propia Virgen del Rocío durante el camino. Es la presencia simbólica de la Señora que espera en su santuario junto a las marismas. Por eso bajar el Simpecado de su carreta, trasladarlo al altar mayor y someter toda esa maniobra a una explicación tan reducida como “recibir la bendición del obispo” genera inevitablemente una sensación de desproporción y vacío simbólico. Y aquí surge una cuestión tan elemental como incómoda: si únicamente se trata de impartir una bendición, ¿por qué no es el propio obispo quien acude a San Pablo? ¿O por qué no bendecir a la hermandad en la misma puerta de la Catedral sin necesidad de bajar a la Virgen de su altar itinerante? Resulta difícil encontrar una respuesta convincente más allá de la simple perpetuación de una costumbre que ha terminado adquiriendo apariencia de obligación pese a que muchos hermanos jamás han terminado de comprender verdaderamente su sentido. Claro que considerando que se ha cambiado de día la procesión en la que el mismísimo Dios sale a las calles de Córdoba porque el Papa viene a España, cualquier cosa es justificable.

En el fondo, todo esto revela un problema cada vez más frecuente en la vida cofrade contemporánea: la tendencia a institucionalizar gestos vacíos hasta convertirlos en actos aparentemente intocables simplemente porque “siempre se hace así”. Y no, acudir a la Catedral no tiene automáticamente sentido por el simple hecho de tratarse de la Catedral. Lo tiene cuando existe un motivo espiritual, devocional o simbólico auténtico que lo justifique. De lo contrario, el riesgo consiste en transformar lo extraordinario en un trámite rutinario desprovisto de contenido real. Más aún cuando hablamos de una hermandad que afronta centenares de kilómetros y para la que cada minuto ganado en el camino supone descanso, alivio y sentido práctico. Tal vez haya llegado el momento de comprender que en esta bendita ciudad está muy bien acudir a la Catedral —aunque algunos se hayan encargado últimamente de recordarnos insistentemente a quién pertenece—, pero ir por ir, sencillamente, carece de sentido.