La democracia interna de una corporación no es un argumento retórico que pueda esgrimirse a conveniencia ni un recurso estilístico para adornar una tesis previamente construida, sino la expresión directa de la voluntad soberana de los hermanos reunidos en cabildo, con independencia de que el resultado coincida o no con las expectativas de quienes observan o comentan desde fuera. Resulta llamativo que, a raíz del cabildo celebrado en el seno de la Hermandad de la Estrella, se hayan vertido interpretaciones que, bajo una apariencia de análisis, parecen más orientadas a tensionar la legitimidad del acuerdo adoptado que a comprender su verdadero alcance. El conocido y controvertido influencer hispalense Fran López de Paz, bajo su alias de José Cretario, ha afirmado que “la hermandad de la Estrella consiguió varios hitos”, destacando “la mayor participación de la historia en un cabildo, con más de 600 personas” y un “apoyo abrumador –437 a 163 votos– al proyecto de misterio de José Antonio Navarro Arteaga”, así como que “ni a los cabildos de las restauraciones del Cristo o de la Virgen fue tanta gente”. Hasta ahí, hechos. Lo problemático aparece cuando el relato se desliza hacia insinuaciones que pretenden relativizar una decisión adoptada con una claridad incontestable por la mayoría absoluta de los hermanos.
En ese mismo discurso, López —hermano de la corporación trianera y miembro de la comisión de expertos designada para asesorar a la junta de gobierno en la elección del proyecto de misterio que habría de ser sometido a la consideración de los hermanos para su aprobación o no; comisión que filtró que se inclinaba por una propuesta distinta a la finalmente escogida por la junta de gobierno, órgano soberano con plena independencia para decidir al margen de las opiniones técnicas recibidas— sostiene que “se registraron varias incidencias que lo mismo terminan en impugnación” o que “la junta de gobierno no consintió el voto secreto”, elevando a categoría de sospecha lo que forma parte del funcionamiento ordinario de un cabildo soberano, y se añade incluso una reflexión sobre que “en las democracias el voto secreto es un derecho y un deber”, como si la arquitectura normativa de una hermandad pudiera reinterpretarse desde una tribuna externa con vocación de corrección permanente. Conviene recordar, con la serenidad que exige el caso, que la junta de gobierno, legítimamente elegida, actúa dentro de sus competencias, y que el resultado —insistimos: 437 a 163— no admite matices cuando se pretende respetar la esencia misma del sistema: la decisión colectiva de los hermanos. Pretender abrir un debate paralelo sobre la legitimidad del resultado una vez expresada la voluntad del cabildo no es un ejercicio de democracia, sino una forma de erosión del propio concepto de autoridad interna. Por otro lado, con semejante resultado aplastante, resulta ridículo insinuar que el resultado podría haber sido distinto de haberse permitido el voto secreto.
Más discutible aún resulta la insinuación de que “varios hermanos también preguntaron si ese misterio encaja bien en el actual paso del Señor de las Penas”, como si el cabildo soberano fuese un espacio condicionado por interpretaciones externas posteriores o por lecturas interesadas del resultado. En este punto, la revirá de la realidad es clara: cuando una hermandad vota, decide; cuando decide, se asume; y cuando se asume, se respeta. Todo lo demás pertenece al terreno de la opinión, legítima, pero no vinculante. Y es precisamente aquí donde el discurso analizado se desliza hacia una posición difícil de sostener sin contradicción, al pretender invocar la democracia para, simultáneamente, cuestionar su resultado. No deja de ser una paradoja recurrente en determinados discursos: se exige participación, pero se discute la decisión cuando no es la esperada.
Tal vez convenga, en consecuencia, recordar que invocar la democracia exige algo más que mencionarla: exige acatarla. Y quizá sea oportuno subrayar, con la crudeza que la situación merece, que cuando no se asume el resultado de una votación clara y mayoritaria, se corre el riesgo de que el discurso pierda consistencia y se perciba más como la pataleta de un niño mimado, —acostumbrado que casi todos le rían las gracias por miedo—. que pretende “llevarse a casa la pelota porque no se ha hecho lo que él quería”, que como un análisis serio del funcionamiento de una hermandad. Porque en el ámbito cofrade, como en cualquier estructura organizada, la soberanía no se interpreta: se respeta. Y lo demás, por muy envuelto que esté en palabras solemnes, no deja de ser ruido frente a la contundencia de los hechos.





