Hay una costumbre profundamente arraigada en determinados ámbitos que consiste en confundir el deseo con la realidad, la propaganda con los hechos y la autocomplacencia con el éxito. Es una práctica tan antigua como eficaz: basta con repetir varias veces que algo ha sido un triunfo para que algunos terminen creyéndolo. En estos días asistimos a uno de esos ejercicios de edulcoramiento estadístico que harían sonrojar al más indulgente de los demóscopos. La Delegación Diocesana de Hermandades y Cofradías ha decidido congratularse públicamente por la «amplia acogida» del nuevo Plan de Formación para miembros de Hermandades y Cofradías. La expresión, por sí sola, ya invita a detenerse. Porque las palabras importan. Y cuando se califica de «amplia» una realidad que apenas resiste el contraste con los números, conviene abandonar el terreno de la retórica para regresar al de la aritmética. No por crueldad, sino por respeto a la verdad, que siempre debería ser la primera obligación de quienes administran cualquier institución, especialmente si esta se presenta como educadora.
Los datos son extraordinariamente tercos. Según las propias cifras difundidas por el organismo que dirige JJJ. Güeto, en apenas una semana se han inscrito 113 cofrades de Córdoba capital. Nada más. Nada menos. Depende del cristal con que se mire. Ahora bien, cuando esa cifra se compara con el último informe oficial de la Agrupación de Hermandades y Cofradías, correspondiente a la Semana Santa de 2026, el relato comienza a desmoronarse. Dicho documento contabiliza 20.974 componentes, incluyendo bandas de música, o 14.688, si se excluyen estas. Tomando el dato global de participantes, esos 113 inscritos representan aproximadamente un 0,54 % del total. Traducido a un lenguaje menos solemne: aproximadamente 1 de cada 185 participantes activos de la pasada Semana Santa cordobesa ha mostrado interés por una iniciativa que pretende convertirse en referente formativo del mundo cofrade. Conviene repetir el dato despacio, no vaya a ser que el exceso de incienso impida leer correctamente la calculadora. Un 0,54 %. No olvidemos, además, que estas cifras excluyen a los participantes en procesiones letificas. Imagínense si en lugar de comparar con el número de participantes lo hiciéramos con el número de hermanos de todas las corporaciones de la capital. Y, pese a ello, se habla de «amplia acogida». Debe de ser que algunos han decidido declarar la victoria antes incluso de comprobar si había batalla.
La comparación resulta todavía más elocuente cuando se observa lo sucedido con el plan formativo impulsado por la propia Agrupación de Hermandades y Cofradías. En apenas dos días, la iniciativa cofrade registró 140 solicitudes para 120 plazas disponibles. Sólo había 120 plazas disponibles; nunca sabremos qué hubiese sucedido si las plazas hubiesen sido muchas más. Pero la realidad es que, siendo netamente superiores — un 24 % más que la iniciativa sacerdotal—, tampoco son cifras desorbitadas. Porque el problema nunca es que un proyecto comience con cifras discretas. Todos los proyectos necesitan tiempo para consolidarse. Lo verdaderamente preocupante aparece cuando se intenta maquillar la realidad, inflar artificialmente la percepción del éxito y presentar como extraordinario lo que objetivamente resulta muy limitado. La autocomplacencia jamás ha solucionado un problema. Antes al contrario, suele convertirse en el mejor mecanismo para impedir que se diagnostiquen sus verdaderas causas. Si solo se escucha el aplauso propio, resulta imposible advertir el silencio ajeno. Los números, simplemente, hablan por sí solos. Y eso debería invitar, cuando menos, a una saludable autocrítica: 140 + 113 son 253. Sigue sin ser una cifra para un onanismo ridículo, pero demuestra que juntos se logra más que por separado. Tal vez hubiese sido deseable que quienes parecen estar obsesionados por ocupar espacios que no les corresponden aprendiesen a sumar en lugar de sacar pecho con una frecuencia sonrojante y hubiesen puesto los medios a su alcance al servicio de las cofradías en vez de construir una estructura paralela que diluye esfuerzos y multiplica gastos.
Y todavía queda una última reflexión que rara vez encuentra espacio entre tanto comunicado triunfalista. Este plan no nace de la nada. Tiene un coste. Como ocurre con cualquier iniciativa promovida por la Diócesis, sus recursos proceden del patrimonio común de la Iglesia diocesana, es decir, del esfuerzo económico de los católicos cordobeses. Exactamente igual que los servicios públicos no son gratuitos porque se financian mediante los impuestos de todos, tampoco las actividades diocesanas brotan por generación espontánea. Las sostiene el conjunto del pueblo de Dios. Se trata de un dinero que si no se emplease para este fin podría destinarse a otras necesidades. Por eso resulta legítimo preguntarse si el rendimiento obtenido guarda una mínima proporción con los recursos empleados. Y también resulta legítimo cuestionar el triunfalismo cuando la realidad ofrece tan escasos motivos para practicarlo. Quizá el verdadero éxito no consista en redactar comunicados rebosantes de incienso, sino en conseguir que los cofrades sientan auténtico interés por formarse. Porque 113 inscritos en Córdoba capital pueden ser un punto de partida respetable. Lo que difícilmente pueden convertirse es en una hazaña estadística. Como diría el viejo refrán, para este viaje no hacían falta alforjas. Y quizá, antes de seguir repartiendo felicitaciones, convendría preguntarse por qué más del 99 % de quienes integran la Semana Santa cordobesa han decidido, al menos por ahora, no subir a ese tren.





