La revirá | Mucho ruido, solo contra las cofradías

La ciudad vive desde este jueves una nueva edición —la cuadragésimo tercera— del Rally Sierra Morena, una cita plenamente consolidada que ha transformado de manera visible el pulso cotidiano del centro urbano. Calles como Capitulares, completamente ocupadas por vehículos; las Tendillas, tomadas por una megafonía constante y por participantes y seguidores, no especialmente numerosos pero sí particularmente entregados; o la calle Nueva, íntegramente vallada para el estacionamiento de los coches, dibujan una estampa inequívoca. A ello se suma la actuación de personal de seguridad que, en ocasiones, ha asumido funciones propias de ordenación del tráfico, indicando a los conductores por dónde podían o no podían circular, con una soltura digna de quien parece haber aprobado unas oposiciones exprés a la Policía Local.

Y, sin embargo, lejos de suscitar la más mínima contestación, lo cierto es que nadie ha dicho una palabra más alta que otra. Silencio absoluto. Ni una protesta, ni una queja relevante, ni un lamento por las calles cortadas, el ruido ensordecedor o la ocupación masiva del espacio público. Bueno, miento: siempre hay una excepción que confirma la regla. El habitual bufón de turno, ese que no pierde ocasión de disparar contra las hermandades, ha vuelto a hacer lo único que sabe hacer: aprovechar la coyuntura para atacar la carrera oficial de la Semana Santa, disfrazando de humor lo que no es más que mala baba dirigida contra todo lo que huela a incienso. A estas alturas, tampoco sorprende: ya conocemos de sobra el aprecio —o más bien la ausencia de él— que profesa hacia este mundo.

Y es aquí donde el contraste se vuelve especialmente elocuente. Porque no se escuchan ahora grandes voces denunciando la ocupación de la vía pública, ni discursos airados contra el ruido, ni críticas encendidas por la imposibilidad de circular con normalidad, ni políticos arrastrándose por el barro haciendo demagogia barata para rapiñar de manera miserable un puñado de votos. Todo queda convenientemente amortiguado en una suerte de pacto tácito de silencio, donde lo que en otros contextos sería objeto de feroz crítica aquí se acepta con una complacencia casi ejemplar, dejando a la vista quiénes son los que odian y quiénes los tolerantes en esta ciudad, y donde en otros casos el mismo fenómeno es asumido con absoluta naturalidad, dejando quienes son los que odian y quienes los tolerantes en esta ciudad. Y, ojo, que así debe ser: la ciudad vive, respira y se adapta.

Pero lo verdaderamente relevante es la asimetría del discurso público. Porque cuando se trata de determinadas expresiones culturales, la crítica se vuelve estridente, inmediata y sobredimensionada, mientras que en otros casos el mismo fenómeno es asumido con absoluta naturalidad, dejando quienes son los que odian y quienes los tolerantes en esta ciudad. Esa es la clave del debate, no otra. Y en ese doble rasero se esconde buena parte de la falta de coherencia que contamina determinadas lecturas interesadas de la realidad.

Porque este tipo de eventos generan actividad y riqueza —estoy plenamente convencido de que mueven masas y generan al menos tanta riqueza económica como la propia Semana Santa— y, por tanto, requieren de una cierta tolerancia colectiva. Exactamente la misma que algunos niegan sistemáticamente cuando se trata de otras expresiones profundamente arraigadas en la identidad de la ciudad. Tal vez la clave esté en aplicar un principio tan simple como olvidado: o se respeta todo o no se respeta nada. Lo demás —la indignación selectiva, el sarcasmo dirigido y la crítica interesada— no es más que ruido del malo, ese que no viene de los motores, sino de quienes solo saben embarrar cuando les conviene.