La revirá | Roma, un año después: el relato inflado frente a los hechos incuestionables

Se cumple ahora un año de la denominada Gran Procesión de Roma, en la que participaron, entre otras imágenes de especial relevancia devocional, la Virgen de la Esperanza de Málaga, el Cachorro de Triana y el Nazareno de León, junto a diversas representaciones procedentes de distintos países europeos. Con el paso de estos doce meses, aquel acontecimiento ha quedado progresivamente fijado en una narrativa persistentemente sobredimensionada, sostenida por determinados sectores mediáticos y de opinión que continúan presentándolo como un hito de alcance prácticamente universal, pese a que su impacto real fuera del ámbito estrictamente cofrade resultó notablemente más limitado de lo inicialmente proclamado. Por más que insistan los habituales palmeros de todo aquello que se organiza con su anuencia, los mismos que atacan a degüello a todos aquellos que no les bailan el agua, la realidad termina imponiéndose con una contundencia que el relato no consigue neutralizar frente a la evidencia de los hechos y la persistencia de los datos observables.

La cobertura internacional fue reducida y fragmentaria, con menciones puntuales sin continuidad ni profundidad, mientras que en el plano interno se produjo una amplificación notable basada en retransmisiones en directo, dispositivos institucionales y una elevada movilización de recursos públicos y privados. Todo ello para justificar, con mayor o menor disimulo, el enorme caudal de dinero público invertido en un acontecimiento que, más allá de regalarnos algunas imágenes bellísimas, especialmente en los alrededores del Coliseo, sirvió sobre todo para mayor gloria de sus organizadores y para la construcción de un relato triunfalista difícil de sostener sin recurrir a la reiteración. El resultado fue un discurso de éxito sostenido más por la insistencia que por la verificación objetiva, en el que, una vez más, se confirma que por más que se repita un millón de veces una mentira, sigue siendo una mentira, aunque se adorne con solemnidad institucional, se amplifique mediáticamente o se convierta en consigna de consumo interno.

Uno de los aspectos más discutidos fue el itinerario finalmente ejecutado en Roma, que estuvo lejos de articularse en los espacios de mayor densidad simbólica, desde el punto de vista religioso, de la ciudad. El recorrido discurrió por zonas alejadas del núcleo devocional más significativo, pese a la evidente cercanía entre enclaves como el Coliseo y el Vaticano, separados por poco más de un kilómetro. Esa realidad desactiva cualquier justificación basada en la distancia geográfica y refuerza la percepción de un diseño condicionado más por la logística que por la ambición simbólica del proyecto, por mucho que posteriormente se haya intentado reencuadrar el resultado dentro de una supuesta normalidad que los hechos desmienten con facilidad.

A ello se añadió una imagen especialmente elocuente: la del Santísimo Cristo de la Expiración saliendo desde una carpa, por mucho que se intentara revestir el espacio o suavizar su impacto mediante denominaciones como “tinglao”. Esa escena terminó condensando la fractura entre el relato solemne, la escenografía proyectada y la ejecución real del evento, convirtiéndose en uno de los símbolos más persistentes del debate posterior. Y en ese mismo plano de desajuste se inscriben las versiones sobre supuestas audiencias privadas del Papa con las imágenes, sin respaldo fotográfico ni evidencia documental verificable, lo que no ha hecho sino reforzar la percepción de una narrativa construida a posteriori. El balance final, un año después, resulta difícil de matizar: se ha intentado elevar este episodio a la categoría de acontecimiento histórico absoluto, llegando incluso a sostener —con una desproporción que roza lo grotesco— que fue el evento más importante de la historia de las cofradías, afirmación propia de algún cenutrio que ha provocado el estupor de cualquiera con un mínimo sentido de la medida y de la realidad frente a un ejercicio de autocelebración desmedida, de hipérbole institucional y de lectura interesada de los hechos.

Y, llegados a este punto, la conclusión se impone sin necesidad de adornos: cuando el relato necesita ser sostenido mediante insistencia reiterada, amplificación constante y repetición casi mecánica, no estamos ante un hecho incontestable, sino ante una construcción narrativa interesada. Y cuando esa construcción exige ignorar lo visible, minimizar lo evidente y magnificar lo discutible, lo que queda no es trascendencia histórica, sino exceso discursivo. Porque en última instancia, la distancia entre lo que ocurrió y lo que se afirma que ocurrió es precisamente el lugar donde se mide la verdad, y en este caso, esa distancia resulta demasiado evidente como para seguir siendo maquillada.